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Está claro que cuando le di al botón “Comprar billete a Johannesburgo”, con seis meses de antelación, fue un subidón total. Estaba entusiasmada con conocer por primera vez África Negra. Emociones y nervios por saber cómo iba a ser todo eso de ir a un safari. Me preocupaba el transporte por el país. Me intrigaba saber si la pobreza iba a ser dura de sobrellevar. Me imaginaba sus tierras áridas y totalmente infértiles. Creo que hacía tiempo que no preparaba tanto un viaje antes de irme aunque, bien es cierto que, como siempre decidí dejar suficiente margen para la improvisación. Desde luego, tenía muchas ideas preconcebidas en mi cabeza e iban a desaparecer mucho más rápido de lo que cabría de esperar…

La primera impresión nada más llegar fue que todo aquello parecía mucho más occidental de lo que jamás podía haberme imaginado. Me habían avisado de que Suráfrica era un buen lugar para iniciarse en el continente. Mi primera impresión con Johannesburgo, desde el bus turístico, fue que se parecía a algunas de las ciudades americanas que había visitado: grandes avenidas invadidas por el tráfico, distancias difíciles de recorrer a pie, un centro financiero con rascacielos, Starbucks y Mac Donalds… En Ciudad del Cabo, me llamó la atención ver cómo «se lleva lo de ser hippster» como en cualquier gran capital del mundo… Pero también, sorprendió, durante mi primer domingo allí, estar en un enorme supermercado con una gran variedad de productos de todo el planeta con precios muy similares a los de Europa y una alta seguridad en el barrio en el que alojaba… Pero ¿dónde estaba la amenaza? A diferencia a Latinoamérica, no era capaz de percibir dónde estaba el supuesto peligro mientras estaba dentro de una burbuja de cristal transparente…

Tras las primeras 24 horas en la capital, me sentí algo decepcionada por tener la sensación de estar como en casa. Llegó entonces una pequeña excursión al barrio de Soweto, el township de Johannesburgo. Y entonces pude ver el “peligro” más de cerca. Tras alejarnos 2 o 3 kilómetros, de repente, tuve la sensación de cambiar de ciudad, de país, de planeta. Empezaron a aparecer cientos, miles, decenas de miles de casas de lata ante mis ojos y entonces descubrí que Sudáfrica es un país con dos caras bien diferentes.

Llegó el momento de viajar a Kruger e indagar un poco más. Las carreteras eran buenas, modernas, las ciudades por las que pasábamos “normales”, pero, luego, tras ellas, volvía a ver desde la ventana, cómodamente desde la minivan, el township correspondiente durante al menos treinta minutos más. A ratos pasamos por gasolineras o cruces que están a rebosar de gente. Uno de los guías nos aclaraba que son “oficinas improvisadas del INEM”: quien no tiene trabajo, va hasta allí y espera pacientemente a que alguien venga a llevárselo para ayudar en lo que sea…

Los paisajes de camino al Parque Nacional también empezaron a “rebelarse” contra mí: campos de cultivo, bosques, montañas. Nada que ver con la sabana africana de mi cabeza hasta que llegamos propiamente a Kruger. Aún así, a lo largo de sus 20 000 km2, hubiese o no hubiese animales, la rapidez con la que iban metaforseándose la flora, me tenía hipnotizada. Los paisajes, los colores, los olores y las sensaciones que te pueden transmitir la naturaleza en estado puro se quedan impregnados en ti y te dejan muy claro porque tantos viajeros quedan prendados con este continente tan especial.

Al ser temporada baja, acabé interactuando bastante con los trabajadores y guías del parque. Fui aprendiendo más sobre la herencia europea versus el legado africano. La primera era supuestamente útil para crecer, para poder comer y vivir del turismo, algo nada desdeñable teniendo en cuenta los altos niveles de paro en el país. Aún siendo un trabajo bastante mal pagado y que se basa principalmente en las propinas (de ahí que muchas veces el trato sea más que excelente), es trabajo. Pero África sigue corriendo por las venas de gran parte de la población, de una forma diferente a la que podemos imaginar: no existe un sentimiento unitario entre sus habitantes ya que el país fue “recortado” por los colonos. Ser sudafricano es como no decir nada ya que son 11 las lenguas y etnias las que fueron reagrupadas en ese territorio llamado país. La mayoría de sus tradiciones son orales así que es difícil poder conocerlas y distinguirlas como extranjero.

Entonces llegó el momento de intentar comprender lo que supuso que el país fuera invadido por portugueses, holandeses, franceses e ingleses durante los últimos cuatro siglos. Traté de saber más lo que había supuesto el apartheid para aquella sociedad. Todo esto me permitiría descifrar mucho mejor lo que estaba presenciando. Sí, es fácil de intuir a priori el porqué de las luchas de Gandhi y de Mandela, sin embargo, creo que es difícil de entender la magnitud de su legado hasta que no ves con tus propios ojos las secuelas que siguen permaneciendo en el país. Es difícil de asimilar que persista una segregación aún tan fuerte así que ni quiero pensar en cómo debió de ser aquello en los momentos más duros de represión…

El “clic” definitivo llegó cuando me alojé durante mi última semana con Karen, una mamá blanca de tres niños en Ciudad del Cabo. “1982 no es hace tanto”, me recordó. “Hasta esa fecha, los negros que vivían en los townships estaban obligados a mostrar su pasaporte para poder entrar en las ciudades”. “Aún recuerdo al primer niño negro al que dejaron asistir a clase en mi colegio”, “A mi padre, quien es militar, le inculcaron toda su vida que todas las desgracias eran debidas a la gente de color. Le adoctrinaron para odiarlos”, me dice mientras sostiene a su último hijo de 7 meses con rasgos mestizos, que han adoptado ella y su marido hace nada. Pienso en las tensiones que debió de suponer para su familia.

Me doy cuenta, una vez más, de la importancia de nacer del lado “correcto”. Qué vida tan fácil cuando tienes un pasaporte europeo. Que fácil cuando no tienes que sentirte obligado de tener que cruzar a la otra orilla, dejar a los tuyos para poder tener una vida decente. Que fácil es que te traten bien, que te ayuden por tener la piel clara. Poder dormir (supuestamente) tranquilo porque tu dinero te ofrece la posibilidad de comprar seguridad, una casa y, en el caso, de pertenecer a alguna etnia africana, la dote que te pedirán para poder casarte con tu esposa (una costumbre ancestral que aún se conserva a pesar del progreso). En caso contrario, tampoco tendrás derecho a una familia.

Hoy en día, en Sudáfrica, si naces en un township, te toca aún esperar a que la igualdad de oportunidad sea igual. Te toca esperar a que el progreso y la educación cierren las heridas, permitan dejar atrás los malos recuerdos de la esclavitud y denigración por la que pasaron tus ancestros, tus abuelos y tus padres. Te toca esperar a que el gobierno te ayude y que te dé una casa en condiciones salubres, aunque no se sepa muy bien cómo conseguirás mantenerlo todo luego…

Así que, ante unas perspectivas como éstas, sólo queda envasar tus antiguas raíces africanas, ponerles un lacito para poder vendérsela al turista, tenerlo contento, abrazar la globalización y seguir soñando con ese mundo en el que supuestamente todo es perfecto porque hay democracia e igualdad.

 

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