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Escribir estas líneas sobre México ha resultado bastante más complicado de lo que esperaba. He necesitado al menos un par de semanas para analizar los sentimientos encontrados que me ha producido este último viaje. La pregunta más recurrente desde mi llegada ha sido, ¿Viajaste sola a México? ¿Acaso no es un país muy peligroso? Me he quedado callada todo este tiempo porque no había sido capaz, hasta ahora, de explicar una realidad tan compleja…

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Advertencias del Ministerio de Asuntos Exteriores y las cifras

La página del Ministerio de Asuntos Exteriores de España advierte claramente de los graves problemas de seguridad en México. Secuestros, narcotráfico, asaltos en la vía pública y en el transporte público… ¡Todas esas palabras generan evidentemente un gran temor! Según datos oficiales, los estados de Chihuaha, Coahuila, Sonora, Nuevo León, Tamaulipas, Durango, Morelos, Veracruz, Michoacán, Colima, Guerrero, Sinaloa, San Luis de Potosí, Zacatecas y Jalisco tienen un alto índice de peligrosidad. 

Según el Instituto Internacional de Estudios Estratégicos, México ha sido el segundo país más peligroso del mundo en 2017 a pesar de llevar once años en guerra contra el narco. Sin embargo, los criminólogos calculan los índices de criminalidad según el número de crímenes denunciados por cada 100.000 personas y no como una cifra total tal y como lo hace el IISS. Según los datos de la ONU, la tasa de homicidios de México muchísima más baja que en otros países de Latinoamérica como Brasil, Venezuela y Honduras (16,4 asesinatos por cada 100.000 habitantes frente a 25,2, 53,7 y 90,4). Siguen siendo malas noticias pero increíblemente, los datos objetivos demuestran que, en realidad, no es uno de los países más violentos del mundo.

Nada más aterrizar, aún así, todos estos números no dejan de bailar en mi cabeza, pero – una vez más – le doy prioridad a mi sentido común. Intento no abrir la boca para que nadie escuche mi acento cuando no conviene, contrato todos mis servicios de transporte a través de la plataforma Uber para que quede un registro de con quién viaje y poder compartir mis viajes con mis conocidos, intento no sacar demasiado la cartera delante de nadie, me recojo temprano a mi alojamiento… Me acostumbro rápidamente a mi nueva rutina porque, evidentemente, valoro mi vida. pero eso no me impide disfrutar de un país con una riqueza brutal, al que apenas me da tiempo acariciar superficialmente durante casi tres semanas. 

Conozco durante mi estancia a gente mexicana que también viaja por el país y que proceden de esos lugares supuestamente «abominables» para el Ministerio español. Les pregunto por la situación y todos me dicen que, allá dónde viven, todo esta bien pero que hay que tener cuidado con otras regiones de México… ¡No me acaba de quedar claro dónde vive el peligro! Viajo a Aguascalientes – junto a Zacatecas – y a Morelia (teóricamente una de las zonas peligrosas que Michoacán). Voy con los ojos bien abiertos, constantemente en guardia y atenta a cualquier movimiento sospechoso, pero yo sigo sin ver absolutamente nada raro. Sólo noto a gente preocupada y extremadamente amable conmigo. Quizás los turistas no seamos capaces de percibir todo lo que ocurre a nuestro alrededor, me pregunto…

 

El bendito trabajo

Mi primera sensación al llegar es que en México se trabaja muchísimo. Vagando por sus calles, a cualquier hora y en cualquier lugar, siempre hay pequeños negocios abiertos (¡sobre todo de comida!). El bullicio es constante. En el metro de Ciudad de México, se multiplica la oferta de productos frente a otros lugares del mundo que he visitado: en apenas unos minutos puedes comprar unos chicles, una pinza para colgar tu móvil de una barra o remedios indígenas para las contracturas musculares. El mexicano considera el trabajo como una bendición, pero, además, parece que se resigna con su destino: un sueldo irrisorio en la gran mayoría de los casos que apenas alcanza para vivir y apenas 6 días de vacaciones pagadas al año. Esto no se contempla entre los datos oficiales.

La pobreza también se hace notar en las calles. Me explican que aquellos barrios en los que se esconden pequeñas vírgenes sumamente honradas y adornadas, el “ambiente está cargado”. Y es que los maleantes, sienten una fe tan ferviente, que contrariamente a lo que dicen las Escrituras Sagradas, se encomiendan sorprendentemente a los Santos para cometer sus crímenes. Muchos menores trabajando o pidiendo, gente durmiendo en la calle a los que sólo se les puede augurar un triste final. Desde luego, casi veo normal que los pequeños hurtos, robos y timos estén a la orden del día para poder sobrevivir. Para mí, ese es el mayor peligro real y soy totalmente consciente de que la picaresca, probablemente heredada de los españoles, es vital aquí.

Impresiones sobre México

Impresiones sobre México

De noche y de día

La segunda sorpresa me la llevo cuando, contrariamente a lo que podía esperarme, durante las horas del día, me encuentro con ciudades animadas llenas de vida, de colores, de aromas, de sabores. Los millones de coloridas artesanías de gran calidad inundan mi pupila. Esa paciencia, ese tesón y saber hacer para trabajar las artesanías (el cuero, la madera, la piedra, etc.) me fascina… México posee un enorme patrimonio cultural, pero también material: una mano de obra aplicada, dedicada y muy sacrificada.

Sin embargo, toda esa magia que te enamora durante el día desaparece totalmente al caer el sol. Aparecen entonces la desconfianza y el miedo. ¡De noche, todos los gatos son pardos! A partir de las 19 de la tarde todos se recogen y parten a refugiarse a sus casas, el único lugar que parece seguro. A la mañana siguiente los telediarios y los periódicos especializados en noticias macabras, recogen todas las atrocidades acontecidas la noche anterior. El mexicano se ha vuelto sarcástico con respeto a ese tema. Es algo que ya no le sorprende. Todo el mundo tiene claro que los narcos buscan instaurar el terror para marcar su territorio. Los que se unen a ellos o los que acaban en el medio por cosas del destino simplemente han tenido mala suerte. Sólo puedes rezar para que a ti y a los tuyos no os alcance ninguna bala…

Mucha mucha policía…

Lo que sí finalmente me choca es encontrarme, por primera vez en mi vida, en un país en el que no existe ninguna figura de autoridad. La justicia en México es una utopía total. Les pregunto una y otra vez, durante mi viaje, a varios mexicanos, cómo puede ser que no pueda fiarme de un policía. A cada vez me contestan lo mismo: “sólo valen para darte una dirección”, “son sumamente corruptos”, “pueden llegar a ser tu peor enemigo”, “prefiero pedirle ayuda a cualquier desconocido que a un policía”. Esta sensación de que no haya seguridad, que no haya límites sí que me produce auténtico vértigo. Los autóctonos ya lo tienen tan asimilado que se ríen de mí ante mi desasosiego, me explican que no le ven solución al problema. En pleno centro de Ciudad de México me encuentro con un cartel gigante en un cruce que pregona “Rateros, si venís a nuestra colonia (barrio), iremos a por vosotros y os mataremos. Firmado, los Vecinos”. En el momento, el letrero consigue sacarme una sonrisa, me parece un rayo de esperanza, pero, muy pronto reflexiono y me parece tremendo que un civil tenga que tomarse la justicia por su mano, que comunidades enteras no vean más opción que tomar las armas para defenderse. También me entero de que recientemente se ha cambiado una ley en el país que te da permiso a matar a quién entre dentro de tu propiedad en defensa propia. Ojo por ojo, diente por diente. Quizás porque me he criado en Europa, soy incapaz de concebir vivir en medio de tanta intranquilidad, pensar que mi vida está constantemente en juego…

El agridulce hasta luego

A pesar de la música de los mariachis, de las rancheras, de las alegres despedidas a sus muertos, de las divertidas luchas, de las jacarandas en flor y de las carcajadas con grandes amigos que dejo allí, abandono México con la sensación de que el país está triste y cansado, de que su auténtica alegría y belleza se encuentra como encapsulada en una crisálida. Las distancias en el continente americano son inabarcables y, tengo muy claro que no será mi última vez en México porque tiene tanto por ofrecer y descubrir. El peligro nunca será una razón para que regrese, pero me apena sentir que, a día de hoy, no puede desplegar sus alas para mostrale al mundo todo su esplendor al igual que lo hacen las valientes mariposas monarca que inundan todas las primaveras Michoacán.

Código ético Este post NO ha sido patrocinado. Los enlaces o las menciones a marcas que incluyo en este texto han sido introducidos porque creo que pueden tener interés para el lector. TODAS las opiniones y experiencias recogidas en mi blog son REALES y ÚNICAMENTE mías.

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