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Mi viaje tocaba a su fin. Ya tan sólo me quedaba un día. Virginie estaba indecisa. Su idea inicial era viajar hasta Santiago de Cuba pero, tras disuadirla, (se pasaría sus últimos días metida en un coche) no sabía qué hacer. En mi caso, sólo pensaba en encontrar una forma de deshacer el camino para volver luego a La Habana pero ¿dónde podíamos parar? La idea de ir a Varadero no me convencía nada…

Entonces fue cuando Virginie me mostró una foto, que había descargado de Internet antes de venir, con una playa de ensueño. “Esto es Cayo Coco y dicen que es una de las playas más bellas de Cuba. Cuentan que Hemingway estuvo por aquí…” Wait! No es uno de mis escritores favoritos pero ese tío, siempre supo lo que era bueno – pensé para mis adentros. “OK! Vamos allá!”.

 

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1. Mi viaje a Cayo Coco: Diarios de viaje

Fuimos a preguntar la noche anterior, como siempre, por un coche compartido. Volvimos a fiarnos del mismo señor que dos noches antes nos había arreglado el servicio para ir a Santa Clara y Cienfuegos… ¡Hasta que descubrimos que era un gestor de viajes (un intermediario) que nos la había metido doblada! Ningún taxista iba aquella mañana a Cayo Coco. ¡Eran las 9 de la mañana y estábamos tiradísimas sin coche! Finalmente, pagando más, conseguiríamos viajar hasta Morón, el pueblo que enlaza con los paradisíacos cayos de Jardines del Rey: Cayo Coco, Cayo Guillermo, Cayo Romano, Cayo Guajaba, Cayo Sabinal y Cayo Santa María.

Cuando, por fin, por fin todo parecía controlado, nos dimos cuenta que aquello no había sido tan buena idea… Para entrar a Cayo Coco teníamos que contratar otro taxista… ¡Uno autorizado para entrar en los Cayos que nos cobraría casi lo mismo por 60 kilómetros que el que nos había traído desde Trinidad! Visto lo visto, tuvimos claro que nos compensaría alojarnos allí aunque ¡sólo había resorts! Tras varias llamadas, todos parecían estar completos. Empezábamos a estar desesperadas. Después de tanto viaje y salir de tantos entuertos no íbamos a poder conseguir nuestro objetivo… ¡Hasta que al final nos encontraron sitio en el Memories Caribe!

Allá nos fuimos, conscientes del gran timo que suponía todo aquello, pero tan pronto fuimos cruzando la estrecha carretera que une la isla a los Cayos, nos quedamos mudas. Quizás no había sido tan mala idea…

Nada más cruzar las puertas del resort, Virginie y yo estábamos en choc. Parecía que habíamos abandonado Cuba. Las instalaciones eran simplemente perfectas. Todo relucía y estaba impoluto. Toda la gente cubana, trajeada con uniformes impecables, se ofrecían en modo sirvientes para cubrir todas nuestras posibles necesidades… Tras llevar nuestras maletas a nuestra esplendida habitación, éramos incapaces de articular palabra ante aquel circo. ¿Dónde estaba la Cuba tan animada e intensa, enigmática y fascinante que habíamos conocido?

Tras perdernos en medio de varios cientos de bloques de edificios totalmente idénticos, llegó el momento de la verdad: comprobaríamos si todo aquello había merecido la pena. Llegamos a la playa y efectivamente… ¡Es totalmente abrumadora! Virginie y yo ya habíamos olvidado todo aquel día de tortura para llegar hasta allí. Los colores, el agua cristalina, las aves… Estuvimos viendo el atardecer sacando sin parar fotos, fascinadas por los colores cambiantes del horizonte. A día de hoy, creo que fue uno de los atardeceres más bellos que jamás vi.

Cuando empezó a oscurecer, volvimos a encontrarnos con la triste realidad: estábamos solas en la playa mientras las hordas de guiris seguían bañándose en la piscina del hotel o ya haciendo cola en el buffet y comiendo cómo si no hubiese un mañana. ¿La comida? Cualquier cosa que se pueda comer en cualquier sitio del planeta. Nosotras en busca de la langosta, ropa vieja, frijoles y batidos de frutas tropicales…

Aquella noche habría un espectáculo de baile cubano, imitación cutre de lo que todo turista quiere ver pero no pagar: un espectáculo tipo Tropicana. Virginie y yo íbamos de espanto en espanto así que decidimos reírnos de todo (por no llorar) y aprovechar que las “pulseritas” nos ofrecía la posibilidad de consumir todo tipo de cócteles. Apenas tomé uno (que sabía a rayos) y aquella noche me pondría mala… No comment.

Mi tobillo seguía dando la lata, se ve que el paso por la playa no le había venido demasiado bien. A la mañana siguiente se nos ofrecía la posibilidad de dar un paseo gratuito en catamarán. Desde luego no queríamos desperdiciar esa oportunidad (¡pulserita power!). Se nos presentó entonces la posibilidad de hacer snorkel…  Nunca había hecho nada por el estilo pero ¿podría resistir mi tobillo a nadar? Tras consultarlo con los socorritas, nos animaron a hacerlo. Iría sin aletas y vendría un chico a ayudarme por si me quedaba atrás.

Allá nos fuimos las dos en el mini catamarán con estos dos chicos cubanos encantadores, mar adentro, dónde los colores y las aguas cristalinas me dejarían boquiabierta. Probablemente esta sería la guinda sobre el pastel perfecta: ver la segunda barrera de arrecifes más grande del mundo.

La belleza del mundo submarino me subyugó. Me pareció como un sueño: cada pez era más bonito que el anterior, el silencio, los corales que formaban un bosque infinito… Por momento me emocionaba tanto que me olvidaba de cómo respirar por el tubito y allá iba otro chupito de agua salada, jeje. Al salir del agua, tras los 30 minutos de inmersión que quedarán grabados eternamente en mi memoria, cuando los chicos cubanos me preguntaron si me había gustado la experiencia, rompí a llorar. Volví a sentir, de forma aún más intensa, todo lo que había dado Cuba: una mezcla agridulce de alegría, belleza con contradicciones e injusticias.

Me despedí de Virginie con un “hasta luego” y volvía a La Habana. Tras otras seis horas de coche, pasaría mi última noche en casa de mis abuelitos cubanos. Les debía una despedida y mucho más por haberme ayudado tanto durante el viaje. Mi último día en La Habana me dejaría definitivamente inundar por la nostalgia que me había trasmitido la isla: unos bellos ideales caducos y un futuro incierto, una belleza natural e inocente frente a una realidad agresiva, las calles de La Habana frente a Cayo Coco encerrado bajo una urna hermética, mientras escuchaba a Silvio desde un bus turístico…

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2. Cuba todo incluido

Sinceramente sé que sobre gustos no hay nada escrito pero mi experiencia en un resort todo incluido en Cuba fue bastante negativa. No se trata de la falta de la calidad en el servicio sino que me parece que viajar a un lugar como Cuba sólo por sus playas es una pena. En un hotel de este estilo es muy probable que no vayas a aprender nada de la cultura cubana y ni sobre sus gentes. Si lo que buscas es relax y sol, quizás sea más conveniente buscarlo en un lugar  más cercano que cruzar el océano y meterte en un hotel que es exactamente igual que los que puede haber en tu país, con comida rápida, cócteles baratos y espectáculos edulcorados. Esta es mi humilde opinión. 😉

 

3. Snorkel en Cayo Coco

La playa de Cayo Coco es una auténtica maravilla ya que sus aguas son cristalinas. No pierdas la ocasión de realizar un paseo en catamarán por sus aguas y hacer snorkel en sus barreras coralinas. Se considera que es uno de los mejores lugares de Cuba para realizar esta actividad. Los precios rondan los 20 CUC pero la experiencia bien merece la pena. Recuerda que para practicar snorkelling no necesitas ser un experto nadador (te proporcionarán gafas y tubo de buceo, un chaleco salvavidas y aletas) y el agua es tan transparente que verás sin ningún problema preciosos arrecifes y peces tropicales de sorprendentes colores. Además el mar está muy tranquilo por esa zona y apenas hay oleaje.

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Actualizado el 30/03/2018

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