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Al fin mi vida se estabilizaba, podía pagarme mis primeras vacaciones y viajaba por primera vez en pareja. No teníamos muy claro donde ir pero nos recomendaron Bélgica. Ryanair y Easyjet acababan de aterrizar en Santiago así que decidimos probar por primera vez con las low-cost (Santiago-Madrid-Bruselas por 100 euros por cabeza)

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1. Dos días en Bruselas

Los dos primeros días nos lanzamos a la aventura por Bruselas. Encontramos un hotel no demasiado caro al lado de la estación de tren (barrio de emigrantes españoles). A unas manzanas de allí estaba el barrio magrebí. Todo a tiro de piedra.

Hubo sorpresas de todo tipo: me enamoré de la preciosa Grande Place, la maravillosa plaza del ayuntamiento, rodeada por las casas de las corporaciones de artesanos y comerciantes de la Edad Media pero en cambio me decepcionó muchísimo la fuente dónde se encuentra la diminuta estatua del Manneken Pis.

Durante esos cinco días, nuestros principales gastos fueron en chocolate, gofres y patatas fritas, las grandes especialidades del país. Los belgas son los reyes de las “frites” (patatas fritas). Como ya comenté la técnica de la doble fritura hace que sepan a gloria.

Otro de nuestros mayores gastos: Cerveza. La variedad de cervezas belgas es tan abrumadora (más de 50 variedades) que al final tuvimos que hacer numerosas “paradas técnicas” y de paso… pedíamos otra. ¡Era la pescadilla que se mordía la cola!

Alquilamos un coche a buen precio durante los días siguientes y decidimos recorrernos esta joyita de país. Las comunicaciones son excelentes. Antes de salir de Bruselas paramos a las afueras para ver el famoso Atomium.

Gante es una ciudad pequeña y perfecta para pasear. El recorrido el largo del río Lys es imprescindible. Al atardecer decidimos dirigirnos a Brujas. Recorrimos de noche toda la “Venecia del norte”, llena de romanticismo y misterio. Quisimos pasar la noche allí pero al no encontrar nada a buen precio, volvimos a nuestro hotel a Bruselas (a apenas 1 hora de coche de allí).

Al siguiente día nos fuimos hasta Amberes, el mayor centro de tallado de diamantes (¡pero no, no cayó ninguno!). Resultó gracioso notar que esta ciudad tenía un toque muchísimo más holandés que Bruselas, Gante y Brujas. Había ciclistas por todas partes como en Ámsterdam, los rasgos de los autóctonos eran mucho más “escandinavos” y me resultaba extremadamente gracioso oírles hablar en élfico (flamenco).

2. Un día en Namur

El último día, nos recomendaron el pueblecito de Namur, en la región de Valonia, cerca de las Ardenas. Fue un gran acierto porque es un lugar precioso y que muy pocos turistas conocen. El pueblo celebraba una pequeña feria regional dónde pudimos degustar quesos, embutidos del país y tomar un zumo de manzanas de la región, recién exprimido con una presa tradicional de madera.

Bélgica es el gran desconocido de Europa y sin embargo es un lugar lleno de encanto. Si deseáis un poco de relax a un precio razonable (los precios son iguales que en España) es un destino que os recomiendo sin lugar a duda porque realmente es precioso.

 

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Actualizado el 27/02/2018

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