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Nota: Esta pequeña reflexión fue escrita hace ahora más de un año. Cuando me invitaban a participar en un viaje para periodistas en un lujoso crucero que navegaría entre Lisboa y Londres.

Estoy en el medio del mar y resuenan los cuchillos y tenedores de los hambrientos navegantes que allí almuerzan como si estuviese en medio de un encarnizado duelo de espadas. Aun así, me evado del ruido y me quedo hipnotizada mirando por la ventana. Es la primera vez que me encuentro en pleno océano Atlántico y me resulta realmente impresionante. Éste es otro de esos momentos de mi vida en los que me siento extremadamente minúscula e insignificante. La mar es tan inmensa que te das cuenta rápidamente que podría engullir este barco de seis plantas y 70 000 toneladas en un abrir y cerrar de ojo. Me entran escalofríos durante unos segundos pensando en naufragios y pateras… ¡Pasemos a otra cosa! ¡Zapeemos! Así de sencillo…

También me sorprende el vaivén de las olas. No se mueven al igual que lo hacen en una playa sino que el viento (y probablemente el oleaje causados por todos los “extraños” que surcamos, invadimos este mar) hace que las oscuras aguas se muevan aleatoriamente chocando en todos los sentidos con más o menos potencia.

Todo lo que tengo frente a mí me resulta poético, inspirador porque me recuerda las vueltas que puede dar una vida, las de una generación que se ve dando tumbos, como pollo sin cabeza, en todos los sentidos en medio de la inmensidad. Incluso la mía, dejándome arrastrar a este lugar tan pomposo y vistiéndome de gala cuando apenas hay dinero en mi cuenta bancaria este mes. No, no quiero ser pesimista, ni ponerme dramática pero sólo sé que, desde hace al menos dos décadas, prácticamente toda la gente que me rodea se ve arrastrada en remolinos similares. Puedo imaginarme sus cabecitas danzando, intentando tomar pequeñas bocanadas de aire, dejándose enredar de nuevo en este vals marino…

Cuando corto con esta pequeña paranoia, miro entonces a mi alrededor y, curiosamente, me hundo emocionalmente. Estoy rodeada de lujo y glamur pero me percato que, en medio de estos escenarios – réplica del decorado de la película Titanic, se desplazan extrañas marionetas que no tienen nada que ver con lo primero que te vendría a la mente si te preguntan por un crucero. Ahí se encuentran hombres y mujeres que apenas se mantienen en pie, con sus muletas y caminadores, sillas de ruedas. Algunos absortos se baban. Otros tienen la cabeza tan ida que parecen zombies. Ellos son los “afortunados” que pueden vivir la aventura de una vuelta al mundo en un barco de lujo. Los organizadores del tour nos confiesan que el mayor índice de cancelaciones es debido a las defunciones…

Crucero Queen Elizabeth

Crucero Queen Elizabeth

“Te has adelantado a tu tiempo, Sandra, al hacer tu mini vuelta al mundo”, me espeta una compañera periodista. Efectivamente, no he esperado a que la sociedad me diese permiso, no he esperado a tener todo el dinero que, supuestamente, me permitiría abrir las puertas de “paraísos” similares a éste.

Sin embargo, en vez de desprecio, estos huéspedes me producen mucha pena. Probablemente ellos, al igual que todos, fueron arrastrados por los vientos, zarandeados por el destino, inmersos contra su voluntad en el caótico oleaje. Aunque la inmensidad y la lucha por sobrevivir nos cieguen, hay que ser positivos. Al fin y al cabo, siempre hay una playa – más o menos tranquila – que nos espera, ¿verdad?.

Lo que me parece terrible, es que parece que puedes llegar a ella, por fin descansar… ¿Cuando te vayas a jubilar? ¿Cuando ya no puedas contigo mismo para poder disfrutarlo? o… ¿Cuando te vayas a morir? Me viene a la mente otro siniestro recuerdo: viejos estadounidenses obesos con los pobres guías ecuatorianos tenían que cargar en hombros por las islas para poder divisar los animales durante mi viaje a las Galápagos… ¡Qué espectáculo tan lamentable y a la vez tan representativo de lo absurdo que puede ser el ser humano!

 “¡Viaja! ¡Vive” Nos vemos cada día más bombardeos por esos mensajes como si nunca hubiese sido así, si éste ahora fuese el único credo de nuestras vidas. Nos sentimos identificados y le damos al “Like” bien fuerte. “Likes” que tienen cada vez menos valor y que, más que una acción, representan conformismo e incluso, en ciertas ocasiones, una pequeña llamada de “auxilio” para que todos sepas que “aún estoy ahí”, que “existo”, que “acuérdame de mí”. Pero las responsabilidades siguen ahí, y tú sabes perfectamente que no vas a viajar. ¿Y vivir? Pues lo que se pueda. El móvil, el coche, el colegio del niño hay que seguir pagándolos. Ya no hay sueño americano por el que luchar. Los ochenta ya se han quedado muy atrás y sólo se trasladan a la moda porque es muy retro cool. Ahora se llevan los espejismos de lo perfecto, del mundo ideal a través del móvil. Instagram, la red social de los etéreos influencers, es un fiel reflejo de todo esto. Siempre me pregunto cuántas horas se tirará la gente intentando sacar esas fotos perfectas con las que supuestamente nos van a inspirar… Siempre que veo alguna de estas imágenes, no puedo dejar de imaginarme presenciando el absurdo momento del “making-off” porque cuando he intentado sacar una foto de esas, soy incapaz de tener paciencia para fingir. ¿Por qué se anhela tanto lo que sabemos perfectamene que no es real?

Me río para mis adentros pensando que las imágenes de este fantástico crucero también recibirán “atronadores aplausos” y que todos me envidiaréis por poder vivir este tipo de experiencias mientras yo que estoy aquí viviendo el momento, me siento triste y aburrida por la decadencia que me rodea, y es que, a pesar del excelente trato recibido, a mis 37 años siento como si me hubiesen castigado a estar en una triste residencia de ancianos durante cuatro días. Pero esas sensaciones son imposibles de trasladar en fotos…

 

31/01/2018:

Releo lo que dejé escrito en una hoja blanca con encabezado del “Queen Elizabeth” y entonces irremediablemente, porque yo soy así, autoanalizo de nuevo mi vida y que lo ha pasado desde entonces. He estado dos años luchando por volver a escaparme de la “jaula” a la que volví. Me doy cuenta de que coger una excedencia voluntaria de cuatro meses sólo fue el comienzo del fin de una era para mí. Por mucho que hubiese momentos duros, que me atemorizase el miedo de la libertad (porque no nos educan para enfrentarnos a ello), que tuviese que empezar una nueva vida en una nueva ciudad por enésima vez, sé ahora más que nunca lo que quiero hacer sin necesidad de un manual de autoayuda ni frases pseudo inspiradoras del Facebook. ¿Me he obsesionado con conseguir mis objetivos y no he logrado así disfrutar del día a día durante ese tiempo? Puede ser. Sin embargo, ahora que el paracaídas está listo, no veo la hora de echar a volar en este 2019 porque voy a ir a por todas.

Esa maravillosa sensación de vértigo mezclada con un sentimiento de “estoy haciendo lo correcto”. ¡Cómo me gusta! En este punto estoy. Quiero volver a ser una pionera. No quiero esperar a los 65 (¡o 67!) para ver cumplir todos mis sueños. No necesito reinvidicar ni manifestarme por nada, no necesito quejarme contra el sistema porque las palabras, los memes, el postureo se los lleva el viento. Yo prefiero pasar a la acción y montarme mi propia mini revolución. No estamos hablando de grandes viajes o proezas sino sólo plantearle cara a la vida, hacer de una vez por todas lo que te hace feliz, cambiar lo que no gusta y asumir sus consecuencia por muy duro que sea. ¿Y tú? ¿Vas a seguir dejándote llevar por la marea o vas a empezar a nadar a contracorriente para ser/hacer lo que realmente quieres?  😉

¡Feliz 2019 a todos!

 

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