El bus hacia Yazd arrancaría sobre las 22h00 y llegaría a destino sobre las 04h00. Tal como había convenido con aquel tal Massoud, estaría en la estación para recogerme y llevarme a un hostal a descansar. El bus, sorprendentemente, me pareció muy moderno y cómodo así que, cuando ya me preparaba para echarme una “siestecilla”, una de las pocas chicas que allí iba conmigo en la parte delantera delimitada para las mujeres, me llamó junto a ella.

–          Te has confundido de asiento, me dijo. El tuyo es este junto al mío.

Sorpendida, obedecí y me senté a su lado. Tras unas breves presentaciones, me susurró que no se fiaba de unos chicos quinceañeros que estaban detrás de nosotros. Intenté tranquilizarla ya que parecieron inofensivos y, lo cierto es que, muy pronto, todo el autobús se quedó dormido. Al llegar a Yadz aún así la muchacha asustadiza decidió darme su número de móvil por si mi conductor no me recogía o tenía cualquier problema. ¡Seguía claro que la hospitalidad iraní no tenía limites!

1. El desierto de Yadz

Apenas bajé del autobús allí estaba Massoud, un chico alto y moreno, muy sonriente. Hablaba perfectamente inglés con acento americano; había estado viviendo allí. Nos metimos en su coche y allá nos fuimos en dirección a su albergue. Volví a contarle mi plan: ¡Yo estaba allí para ver de una puñetera vez el desierto!

–          ¡Pero te vas a perder la ciudad de Yadz si vas hasta el desierto!, me contestó. Es una pena…

–          Tengo que elegir entonces entre ver el desierto y la ciudad, le repliqué tristemente.

–          ¿Estás cansada?

–          No – le dije. He dormido algo en el autobús y ahora estoy algo desvelada (como a cada vez que llego a un sitio nuevo).

–          ¿Qué te parece si vamos a ver el amanecer ahora en el desierto y luego descansas un rato antes de visitar Yazd?

No pude menos que contestarle con una gran sonrisa de oreja a oreja. ¡Menudo planazo me está saliendo a pesar de ser todo improvisado! Apenas conocía a aquel hombre del que sólo tenía referencias por aquella guía Lonely Planet que tenía en aquel momento en mis rodillas. Cuando la vio, rompió a reír.

  • ¿Es la edición del 2009? – Me preguntó
  • No, lo sé, la verdad – Contesté intrigada. La he cogido de la biblioteca.
  • Mira la página 15 – Me dijo entre risas.

Y efectivamente, ¡allí estaba curiosamente mi guía saltando una hoguera durante unas festividades! 🙂

Tras sudar la gota gorda para poder subir a una duna (¡no os podéis imaginar lo difícil que es! ¡Si no subes rápidamente, la arena se desliza bajo tus pies!), ahí estaba el desierto. De camino a allí, Massoud me había confesado que era músico pero que había decidido hacía unos años por fin echar raíces y por eso había abierto su hostel pegado al desierto. Mientras miraba anodada a mi alrededor los reflejos multicolores del sol sobre la arena, de repente, mi guía rompió aquel silencio infinito y dejó grabado en mi memoria otro momento inolvidable de este viaje.

Muy pronto nos empezó a entrar el frío así que decidimos arrancar ya. Aprovechamos para comprar por pan recién hecho y, después de un magnífico desayuno, caí rendida.

2. Qué visitar en Yazd

Tras unas cuantas horas de descanso, cuando desperté allí seguía mi anfitrión con su sonrisa de oreja a oreja. Si él había cumplido con su promesa de enseñarme el desierto, ahora era él el que me quería pedir un pequeño “favor”: Su esposa, Fáhima, estaba preparando los exámenes para ser guía, necesitaba practicar inglés y quería enseñarme la ciudad. ¡¿Cómo iba a rechazar esa oferta?! Esperé a su encantadora esposa y allá nos fuimos las dos. Visitamos el Palacio de Yazd con sus sorprendentes torres de ventilación (¡el primer aire condicionado del mundo!), Amir Chakmaq Complex, el Museo del agua  (un lugar realmente muy interesante para entender cómo nació esta ciudad en medio del desierto), la Mezquita del Viernes de Yazd, DBogheh-e avadazdah (Mausoleo de los 12 Imanes), Zendán-e-Eskandar (La Prisión de Alejandro, que curiosamente no fue ninguna prisión sino una madrasa que nada tuvo que ver con el rey de Macedonia)… Desde luego, uno de los grandes regalos de Fáhima aquel día (gracias a sus contactos) fue poder acceder a una de las terrazas del centro de esta impresionante ciudad milenaria (donde grabaría uno de los fragmentos de mi videopostal).

Al caer la noche y para ya terminar esta corta visita a Yazd, Fáhima y yo nos fuimos hasta las afueras a visitar las imponentes Torres del Silencio. Estos lugares funerarios zoroastristas no tienen nada de especial arquitectónicamente hablando, sin embargo, me impactó la energía y espiritualidad que aún se podía respirar y ver desde lo alto cómo la ciudad de Yazd se tornaba rojiza al atardecer.

Aquella noche para rematar un día que había sido absolutamente perfecto gracias esta pareja, Massoud tocaría para mí el tar antes de irme a dormir. 🙂

Massoud Farvardinn Yazd Irán

Massoud Farvardinn Yazd Irán

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