Hoy le dedicaré un apartado especial a una visita un tanto curiosa: mi visita a la Plataforma Offshore Saipem 7000. Os contaré que, como ya os imagináis, no vivo de mi blog (Ooooh 🙁 ) sino que dedicaba gran parte de mi día hasta hace unos años a labores de administrativa en una empresa de recursos humanos un tanto particular. ¿Por qué es peculiar mi trabajo? Pues básicamente porque trabajamos con un mundo un tanto desconocido en España: las plataformas petrolíferas. (Ya estoy oyéndoos decir: ¡Uy ahí se gana un pastón!).

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Los mandos de la barcaza

Estuve 7 años “embarcando” a marineros gallegos en este tipo de barcazas (trabajamos con plataformas móviles, es decir, enormes barcos que construyen plataformas, gasoductos en alta mar). Me producía curiosidad saber cómo son las cosas allí… ¡Cuál fue mi sorpresa que cuando organicé mi viaje a Palermo, el segundo barco grúa más grande del mundo estaría allí unos días en el puerto!

Teniendo en cuenta que era una oportunidad única, contacte con varios españoles que trabajan allí para solicitar visitar estas particulares instalaciones. He de decir que por desgracia el acceso es extremadamente restringido (se considera que se trata de un lugar peligroso) y el capitán de la barcaza es que tiene que confirmar el acceso al mismo (y comunicárselo a la compañía) así que no es una visita muy turística que digamos (normalmente reservado a familiares de los trabajadores).

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Un comedor como otro cualquiera

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Camarote para 2 personas con cuarto de baño propio

Visitando la Saipem 7000

Ya me había recorrido todo el puerto el día anterior así que ya tenía el barco localizado pero cuál fue mi sorpresa cuando al intentar entrar en el puerto me dijeron que se encontraba a 1 kilómetro de allí. ¡Pero sí yo lo veía muy cerca! Ya os podéis entonces imaginar lo enorme que era aquello para confundirme hasta ese punto Los señores del puerto se rieron un buen rato de mi inocencia mientras yo empezaba a preocuparme por llegar tarde. Finalmente, uno de ellos se empató un montón y ofreció amablemente a acercarme en coche. Según dábamos la vuelta a todo el puerto (un quilómetro que hubiese sido una eternidad caminando), cuando más nos acercábamos más alucinaba. ¡Era igual de grande que un edificio de 6 plantas!

Tras un exhaustivo control de las autoridades portuarias (se quedaron con mi pasaporte), por fin accedí al recinto dónde me esperaba uno de mis marineros. ¡Es alucinante, ¿verdad?! – me dijo mientras yo seguía anonadada con aquel barco con un tamaño similar al de las mismísimas pirámides de Egipto. ¡No consigo sacarle una foto en el que quepa entero! – le contesté.

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Vistas desde el helipuerto

No apto para cualquiera

Tras subir por unos cuantos ascensores de lo más claustrofóbicos y atravesar unas cuántas pasarelas no aptas para gente con vértigo, al fin llegué a las oficinas dónde el equipo español estaba entusiasmado con enseñarle a la chica de la oficina dónde trabajaban. Lo cierto es que apenas pasaría una hora allí y muy pronto me daría cuenta lo durísimo que debe ser vivir allí durante 2 meses seguidos.

Los pasillos de todas las plantas idénticos (es muy fácil perderse), todas las puertas iguales y asépticas como en un hospital, camarotes diminutos decorados por los tripulantes con fotos de chicas, vestuarios con taquillas hasta infinito… La lavandería con sus 20 lavadoras-secadoras trabajando sin parar, varios comedores con bastante surtido (“Aunque pronto te aburres”, me comentaban). También tienen un instalaciones para “relajarse”: gimnasios, sala de recreo con sofás, revistas y teles, un pequeño cine, ordenadores con conexión a Internet… ¡Llegan a vivir unas 400 personas a bordo para que os hagáis una idea! ¡Es una pequeña ciudad flotante!

“Cuando estamos en alta mar y tenemos libre, tomamos el sol en el helipuerto” – me contaba uno de los tripulantes entre risas mientras no podía creerme que alguien pudiese relajarse allí con el ruido monstruoso de los motores y de las grúas que iban trasladando enormes tuberías por la cubierta, debajo de nosotros.

En aquel momento, al ver todas aquellas “hormiguitas” trabajando en condiciones de lo más peligrosas, me dio por pensar si realmente es suficiente el dinero que se les paga a estas personas a cambios de vivir en condiciones de encierro bastante duras y trabajando bajo mucha presión por la peligrosidad de lo que allí se ejecuta.

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