Breve parada en Gwalior en dirección a Orccha

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Las estatuas budistas de Gwalior

Tras unos días de adaptación y de turisteo más tradicional, empecé a conocer la India de una forma diferente. Le había pedido a Arjun que añadiese a mi recorrido la famosa ciudad de Varanasi (Benarés) porque quería ver el río Ganges. Al estar esta ciudad más alejada del Triángulo Dorado (Nueva Delhi, Jaipur y Agra), me recomendó hacer dos paradas por el camino.

No nos detuvimos mucho más en Agra ya que me dijeron que aparte del Taj Mahal no encontraría nada más interesante en aquella ciudad. Nos fuimos hacia el sur del país para visitar un pueblo llamado Orccha. A medio camino ( 5 horas de viaje) decidimos parar un momento por Gwalior ya que venía mencionada en mi guía. La ciudad tiene un bonito fuerte sobre una montaña al que decidí no acceder por falta de tiempo y porque, al fin y al cabo, ya había visitado el Fuerte Amber. ¡Lo que sí más me impresionó es que a sus pies, estaban escavadas en la roca unas enormes estatuas budistas!

El paisaje empezó a cambiar radicalmente. Las carreteras dejaron de estar asfaltadas y los paisajes empezaron a volverse más áridos y lunares. Hubo momentos que realmente llegué a pesar que aquello empezaba a parecerse cada vez más a un rally. Incluso me pasó por la cabeza que si pinchábamos una rueda, nadie vendría a rescatarnos por aquellos lares, jajaja.

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Orccha

El encanto de los pueblos: Orccha

Al fin llegamos al encantador pueblecito de Orccha. Un vez más, la recomendación de Arjun fue genial. Dicen que aquel lugar inspiró a Walt Disney para el Libro de la Selva así que ya os podéis hacer una idea… Templos y palacios perdidos en el medio de la nada, abandonados, derruidos, con una vegetación que lo invade todo… Se respiraba una paz sin igual (apenas había turistas) y empecé a sentirme cada vez más y más a gusto con el entorno. Se trataba de un lugar dónde se vivía como antiguamente, sin estrés. La gente recogiendo sus casas, lavando la ropa en el río, recogiendo leña, los pasteleros preparando dulces para los pocos turistas que pululábamos allí, los niños jugando en la calle, gente meditando…

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Mi niña india

El ambiente no era tan agresivo como el que había vivido – ni de lejos – en Jaipur y Agra. Los pueblerinos nos miraban sonriendo y nos hacían sentir como de casa. La única diferencia es que nosotros nos albergábamos en el antiguo palacio reconvertido en un hotel mientras ellos estaban en sus humildes casitas. Por primera vez me sentí que mal por tener tanto y por el hecho de que ellos se conformasen y viviesen con tan poco. A pesar de ser una habitación de ensueño fue la noche que peor dormí ya que era tan grande que cualquier ruido retumbaba y me asustaba. A la mañana siguiente, antes de irnos, estuve paseando por el río. Volviendo al hotel una niña preciosa,  al verme pasar por delante de su casa, se me acercó y me dio la mano como queriéndose marcharse conmigo, jajaja. Al final se había roto del todo la “burbuja” y me estaban empezado a “mimetizarme” con el entorno. 🙂

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Estatuas hasta infinito en Khajuraho

Templos que te conducen hasta el cielo: Khajuraho

A mediodía arrancamos para Khajuraho, otro pueblo dónde podría volver a disfrutar de la tranquilidad de la vida cotidiana india, de los mercadillos callejeros. Este pueblo no es tan bonito como Orccha pero sus famosos templos – en los que se enseña el Kama Sutra – son impactantes por su altura. Este lugar estaba lleno de energía y por momentos me sentía como una (cutre) Indiana Jones al adentrarme en su interior, en penumbra, rodeada de millones de estatuillas.

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Templos de Khajuraho

En tren de Jhansi a Varanasi

Llegamos a la estación de Jhansi dónde cogería un tren nocturno hasta Varanasi. Viajar en tren por la India es una experiencia totalmente imprescindible. ¡Doy fe! Caos en estado puro. Hay que verlo para creerlo: familias enteras durmiendo en el suelo, altavoces retumbando sin parar, rótulos incomprensibles por todas partes, gente comiendo, hablando, orinando…. Vickrm vino con mi billete, le preguntamos a un revisor y me indicaron dónde pararía mi vagón. ¡Y es que los trenes son quilométricos! Cinco clases: las dos últimas (las más baratas) sin aire acondicionado, con gente y animales apiñados; la tercera con aire acondicionado y asientos… Yo podría permitirme el lujo de ir en segunda, con litera. Me cogí un tentempié y me despedí de Vickrm agradeciéndole una y otra vez sus buenos servicios.

Mi compartimento tenía 6 literas de cuero con su sábana y manta empaquetadas y cortinilla para tener algo de intimidad. Todo un lujo, sin embargo, Vickrm me advirtió que tuviese cuidado con mi mochila ya que eran frecuente los robos por la noche. La gente que me acompañó en el tren era muy distinta a la que había visto esos últimos días por las calles. Todos eran muy elegantes e incluso uno de ellos se puso a hablar conmigo en perfecto inglés mientras que todos los demás escuchaban, de forma muy educada, atentamente, todo lo que contaba. El viaje resultó muy cómodo – a pesar de “maldormir” agarrada a mi mochila. Al despertar todos se habían ido.

Me levanté y me entraron unas ganas locas de ir al baño pero ¿qué podía hacer con mi mochila? Moverme con ella iba a ser complicado. Me puse a buscar a alguien de quién me pudiese fiar… ¡otro guiri como yo! Me acerqué a aquel rubito de ojos azules y después le devolví el favor ya que él estaba en mi misma situación, jajaja. A continuación, nos sentamos juntos y decidimos hacer las presentaciones. Se llama Boris, era belga, de mi misma edad… y se convertirían en mi compañero de aventuras durante los dos días siguientes en Varanasi. Él, viajaba de mochilero, un plan mucho más arriesgado y económico que el mío. También resultaría ser un viajero muchísimo más experimentado que yo (llevaba ya tres semanas por la India). Aprendería mucho gracias a él y dejaría definitivamente de tener miedo y respeto a todo lo que me rodeaba.

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Dónde la India se vuelve más India: Benarés

Visitando Benarés con mi nuevo amigo belga

Dejamos nuestras cosas en nuestros respectivos hoteles y a continuación quedamos en el centro para irnos a la aventura. Creo que dejar la ciudad de Varanasi para la final del recorrido fue una buena idea porque realmente es un lugar dónde la India se vuelve más India que nunca. Sus callejuelas laberínticas y sucias, el tráfico caótico, el bullicio constante de gente en cada rincón de la ciudad, el Ganges… A día de ello creo que es y seguirá siendo uno de los lugares que más me ha impactado en mi vida. Los colores, la luz de esta ciudad son realmente mágicos y diferente a todo. Es simplemente otro planeta.

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Ceremonias nocturnas en Varanasi

El atardecer fue uno de los más bonitos que vi en mi vida y nos dejábamos arrastrar hacia el centro dónde todo el mundo parecía juntarse para unas rituales que tendrían lugar a  la luz de la luna. Unos hombres empezaron a realizar unos misteriosos ceremoniales dónde hacían malabares con fuego, con pesados incensarios. Aquella noche antes de volver a nuestros hoteles Boris y yo decidimos darnos un pequeño festín gastronómico ya que esta sería mi última noche. Para volver al hotel lo haría por primera vez en rickshaw, el coche ya no lo querría…

A la mañana siguiente me advirtieron que Arjun tenía una última sorpresa preparada para mí: una barquita me esperaba para ver el amanecer desde el río Ganges. Como no, le pedí a Boris, que se uniese a mí. Aquel espectáculo nos dejó mudos durante casi una hora. Ver aquella ciudad despertar será un recuerdo que jamás olvidaré: todos iban bajando a los diferentes Ghats (muelles) que dan al río con la mayor naturalidad del mundo. Unos se metían al río a rezar (Benarés es un lugar de peregrinación), otros se bañaban o incluso se lavaban los dientes, otros empezaban a hacer su colada, otros se ponían a lavar sus rebaños… Un poco más allá, el Ghat “funerario” de dónde salía el humo de los cuerpos que se estaban incinerando (sus cenizas también irían al río)… Observábamos desde nuestra barquita de madera aquel espectáculo de vida y muerte sin igual en total silencio. Después de nuestro pequeño paseo, decidimos recorrer todos los ghats a pie. Aquella horas fueron hipnóticas, cualquier pequeño detalle de la vida más cotidiana parecía mágico y nos hacía sonreír: un barbero callejero, una niña llevando agua para casa, un niño limpiando el barro de las escaleras, unos hombres pescando, mujeres recogiendo restos de basura para reciclarnos, gente secando bostas (son utilizadas como combustible), un niño echándose una siesta dentro de su puesto callejero…

Todo parecía tan sencillo, tan fácil. Aquellos rostros siempre sonrientes siguen en mi recuerdo a día de hoy y le han hecho sombra a todos los monumentos espectaculares que visite durante aquel viaje. No me encontraba en medio de ninguna crisis espiritual, ni existencial. Este viaje sólo reafirmó mi teoría de que tenemos la mala costumbre que desperdiciar nuestro tiempo y esfuerzo en asuntos sin ninguna importancia y de olvidarnos con frecuencia de la belleza de los pequeños detalles y de la vida. Este viaje a la India siempre me ayudará a recordarlo.

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Paseo por el Ganges, Varanasi


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2 Respuestas

  1. argonauta

    Gracias por compartir tu viaje. Si dudaba en viajar a la Índia, sobretodo sola, ya me ha quedado claro que lo haré sin pestañear.

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    • @skandal00

      Te animo a hacerlo. Realmente es una experiencia única, un país que te hipnotiza y atrapa… y muchísimo más seguro de lo que la gente cree. 🙂

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