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Las coloridad calles de Trinidad

Disfrutando de Trinidad en calecha

Tras un día completísimo en Santa Clara y Cienfuegos, le tocaría el turno a Trinidad. Apenas habíamos ido hasta la Plaza Mayor a disfrutar del ambiente de fiesta por las noches. Pegada a la Iglesia de la Santísima Trinidad, estaba la Casa de Música dónde todas las noches la gente del pueblo y los turistas se mezclaban a bailar y disfrutar de unos ricos cócteles en las terrazas hasta tarde…

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La Iglesia de Santa Ana

Mi única preocupación seguía siendo mi tobillo. A pesar de la tobillera, el adoquinado de esta ciudad colonial me tenía muy agobiada. ¡Era tan fácil volver a torcer el pie! Aunque la ciudad era pequeña, en nuestra casa particular, pedimos consejos. En un momento nos dieron la solución: ¡el centro histórico se podía recorrer en calecha tirada por caballos! Tras negociar el precio nos dimos cuenta de que… ¡Trinidad no era tan pequeña como cabría esperar!

Sus calles coloniales recogen el colorido encanto de los pueblos pero ¡tiene una población de casi 75000 habitantes! Virginie y yo estábamos entusiasmadas con haber contratado este servicio porque, lo cierto es que, el bamboleo de la calecha con los adoquines de piedra parecía trasladarnos a otra época. 🙂

Nuestra primera parada fue junto a la vieja estación de ferrocarril dónde aún quedan locomotoras a vapor que siguen en funcionamiento para que los turistas puedan recorrer el Valle de los Ingenios en estas viejas reliquias.

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Alfarería artesanal

Visita a un taller de alfarería en Trinidad

La siguiente parada la haríamos en una tienda de alfarería. Este tipo de artesanía tradicional ha sido heredada tradiciones anteriores a la llegada de los colonizadores españoles. Su delicadeza me enamoró y una menda, que no suele ser de las de traer souvenirs, acabó con un jarrón en su equipaje…

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El Valle de los Ingenios

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Allá a lo lejos, el bar Caribe

Mirador al Valle de los Ingenios

A continuación nos alejaríamos del centro de la ciudad para dirigirnos a un preciosísimo mirador a la afueras (así que, una vez más, lo del calecha fue una idea estupenda). Desde él, tendríamos unas maravillosas vistas al Valle de los Ingenios e incluso, en dirección opuesta, a lo lejos podríamos ver el mar Caribe.

Playa Ancón

El calor empezaba a apretar así que, aunque me quedarían ganas de visitar algún que otro museo que parecía interesante (como el Museo Romántico o el Museo de la Arquitectura), optamos por tomarnos la tarde con (aún más) tranquilidad y tomaríamos un taxi compartido para visitar una playa del Sur de la isla, Playa Ancón. En este caso, efectivamente, esta playa aunque bonita me resultó más “normalita” que la costa más salvaje del norte que había conocido en Cayo Levisa. Aún así tuvimos una bonita tarde y, a la noche, por recomendación de nuestro conductor, nos daríamos un homenaje con langosta en un paladar para despedirnos de la ciudad…

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Playa Ancón

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