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Las curiosas estatuas del cementerio de Zojo-ji (Foto: skandal00)

De shopping por Shimo Kitazawa

Últimos días ya en Tokio: ¡Había que darlo todo: eran nuestros últimos días en Tokio! Sorprendentemente el viaje no había sido tan caro como nos lo imaginábamos (Mucho ahorro gracias a Couchsurfing y AirBnb, las visitas a los monumentos y comer fuera no era caro… Lo más prohibitivo fue el transporte, gasto controlado gracias al Japan Rail Pass) así que nos dimos un homenaje y nos fuimos de compras con nuestros últimos yenes. Sólo diré que nunca había vuelto de un viaje tan cargada: ¡23 kilos de equipaje facturado! ¡Por poco me paso!

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Señores que no saben encuadrar el templo y nuestros kimonos

Durante nuestro penúltimo día decidimos ir hasta el barrio de Shimo Kitazawa (que encontramos mencionado en nuestra Lonely Planet de casualidad). Nos encontramos en un barrio muy bohemio, lleno de artistas, cafeterías “super cools”, tiendas de ropa de segunda mano. ¡Como a nosotros nos gusta! XD

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¿París? ¡No, Tokio!

Recorrido por Ropongi Hills y sesión de fotos con kimono en el parque Zojo-ji

Luego nos fuimos en dirección a Ropongi Hills a ver los modernos edificios que caracterizan este barrio llenos de rascacielos futuristas y, para no variar, volvimos a perdernos. Finalmente aterrizamos junto a la Torre de Tokio. Junto a ella se encuentra el parque de Zojo-ji con curiosas estatuas vestidas en su cementerio. Caía ya la noche y, como teníamos nuestras últimas compras con nosotros, decidimos cambiarnos (en plan casual, jaja) y “volvernos muy japoneses”: nos enfundábamos nuestros kimonos y obis recién comprados para una sesión de fotos delante del templo budista y de la Torre Eiffel (¡uy, no, que no estábamos en París sino en Tokio, jejeje!).

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Menú de la Nabe Party

Fiesta japonesa (de despedida)

De regreso a casa de nuestro Host, este nos había avisado que haría una fiesta en su casa coincidiendo con nuestra última noche en Japón. Como os imagináis, estaríamos más que encantados. Los amigos de Daigo eran muy majos y todos hablaban inglés así que fue muy divertido hablar con ellos del montón de cosas que nos habían pasado durante nuestro viaje (aquella noche resolvimos la misteriosa anécdota del Museo de Arte Contemporáneo de Tokio). La “Nabe Party” resultó ser una cena muy sana con bastante poco alcohol en comparación con las fiestas que montamos aquí. Varios de los chicos prepararon unos okonomiyakis mientras otros se encargarían de la “nabe” (una olla tradicional con agua hirviendo) a la que añadirían un “avecrem” japonés (¡Gloria!) y cada poco tiempo varios ingredientes (verduras, fideos, carne). ¡Una noche muy auténtica con pequeños terremotos incluidos!

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Bailando en el parque Yoyogi

El barrio de Harajuku y el parque Yoyogi

Al día siguiente nos despedimos de Daigo ya por la mañana. Pensábamos dejar nuestras maletas en unas taquillas en el centro pero, desgraciadamente, parece que aquel día nos echaron una maldición: a pesar de los millones de taquillas que hay en todas las estaciones perdimos casi 2 horas para encontrar unas libres. Finalmente nos fuimos al barrio de Harajuku a pasar nuestras últimas horas en Japón.

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Los niños pasándoselo pipa

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Moderna paseando a sus hurones

Era domingo y había muchísimo ambiente. Nos fuimos dejando llevar por la multitud y acabamos en el parque Yoyogi. El lugar me encantó. En aquel momento me di cuenta que lo que más me había gustado de este viaje (aparte de los miles de ataques de risa con Adri – ¡Jamás me reí tanto!) eran los propios japoneses. Lo mejor había sido convivir con ellos, observar sus costumbres e intentar entenderlos. Aquella tarde vimos de todo: jóvenes con pintas extrañas paseando sus hurones, pandillas de amigos practicando sus coreografías en el parque, familias disfrutando con los niños y los famosos rockeros del parque dándolo todo para los muchos turistas que estábamos allí…

Un viaje que parecía un imposible, un lugar inalcanzable, un sueño cumplido, un recuerdo que siempre llevaré en mi piel…

 

 

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