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Babero especial para comer ramen

¿Lo mejor de Japón? ¡Los japoneses!

Siempre que recuerdo mi viaje a Japón pienso que lo que realmente lo hizo tan especial fueron los japoneses que conocimos (y sus costumbres “rarunas”). Tras el primer día durante el cual estuvimos en una nube, llegamos a casa y nos encontramos con que Ichiro, nuestro Couchsurfer, había seguido todos nuestros movimientos por Facebook y, muy amablemente y de manera ya más informal, nos invitó a cenar ramen al lado de su casa. ¡Evidentemente no pudimos negarnos! Así que allí, enfundados en nuestros baberos, empezamos a contarle a nuestro anfitrión todas las cosas extrañas que habíamos vivido durante el día y resolvió nuestras dudas (aunque no todas) mientras se partía de risa con nuestras anécdotas.

El barrio de Shinjuku

Al día siguiente decidimos visitar el barrio de Shijuku para irnos de “shopping” y ¡comprárnoslo todo! traernos unos primeros “souvenirs”. En este caso me dejé llevar totalmente por Adri. Estando sola jamás se me hubiese ocurrido entrar en una tienda de comics, por ejemplo, pero ver la cantidad de volúmenes y personas allí leyendo es todo una experiencia. También entramos en varias tiendas de discos, de “frikitadas”, en la tienda-museo de las AKB481… y es que ¡Todo es posible en Japón!

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¡Siempre sales tan guapo! ¡Purikura Adiction!

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Ludópatas en potencia

Durante aquella mañana también entramos en un pachinko (nunca había oído hablar de ellos) y reconozco que también me impactó muchísimo: gente a todas horas jugando a diferentes tipos de máquinas recreativas… En aquellos edificios de hasta cinco plantas, descubriríamos toda una sección de “fotomatones” que serían nuestra perdición-adicción durante la primera semana: ¡las maravillosas máquinas Purikura!

El barrio coreano de Shin-Okubo

Esta vez para comer decidimos irnos al barrio coreano, Shin-Okubo, y para nuestra sorpresa toda la comida nos supo… ¡a colonia ¡Puaj! Excepto por los puestos de comida y por los letreros con caracteres coreanos, el barrio no tenía nada muy destacable.

El barrio de Shibuya

Al atardecer decidimos dirigirnos hacia uno de los puntos más neurálgicos de Tokio: Shibuya. Tras la foto correspondiente, me senté junto a la famosa estatua del perro Hachiko mientras Adri se iba al “rincón de los castigos” (zona habilitada por los fumadores) a observar y fotografiar la curiosa “fauna que allí se reunía. Tribus urbanas variopintas, chicas “perfectas”, exageradamente guapas y artificiales con rasgos europeizados, androginia extrema (hasta el punto de no adivinar si eran chicos o chicas)… Sin embargo, no es ninguna leyenda urbana: la interacción entre ellos era la mínima…

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Cruce de Shibuya de noche

Si a la tarde ya había mucha gente, al caer la noche, empezamos a entender por qué el cruce de Shibuya es tan famoso. Tras una primera vuelta en medio del mogollón – entre los que destacábamos los guiris grabándolo todo con nuestras cámaras mientras cruzábamos -, la sensación de estar en medio de un inmenso grupo de personas silenciosas y que no chocaban entre sí nos conquistó y acabamos repitiendo un par de veces más, jajaja.

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Momentazos en el Karaoke

Nuestra experiencia en un karaoke japonés

Al llegar a casa, Ichiro nos esperaba sonriente (Creo que realmente la noche anterior se había reído mucho con nosotros) y nos propuso entonces… ¡ir al karaoke! ¿Acaso puede haber algo más típico? Así que allá nos fuimos encantados (¡hasta nos prestó incluso su bicicleta con motor para el camino!) a ver cómo se divertían estos japoneses. La verdad es que nada hubiese sido igual si hubiésemos ido solos. En Japón, los karaokes están divididos en habitaciones separadas por lo que es muy probable que si no conocéis a nadie os aburráis un poco. En la entrada del sitio había un perchero con multitud de disfraces a elegir. Ya en nuestro cuarto, varios mandos para programar las canciones, anuarios de canciones (¡actualizadísimos!) y un interfono para hacerles pedidos a los camareros (mediante el cual Adri puso a prueba su japonés, jajaja). Tras unas cuantas cervezas allí TODOS nos soltamos la melena, incluido Ichiro. La distancia que impone la cortesía japonesa se había roto y dejaba paso poco a poco a colegueo y confianza. Volvíamos a casa totalmente enamorados de nuestros japonesito.

A la mañana siguiente, estábamos un tanto triste por tener que decirle adiós a nuestro amigo pero, a pesar de sus muestras de cariño hacia nosotros durante aquellos días, reapareció la fría cortesía japonesa y he de confesar que tanto Adri como yo nos quedamos cortados de no poder pegarle un gran achuchón.

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El Señor pescador con su toalla atada a la cabeza

El mercado de pescado de Tokio

Dejamos nuestras maletas en la estación de tren y nos fuimos a visitar el barrio de Tsukiji. Pasamos por delante del Teatro Kabukiza y nos fuimos a visitar el famoso mercado de pescado de Tokio. Guiándome por mi instinto viajero – y poniendo nuestras vidas en peligro cruzando callejones oscuros-, seguimos a un tipo que tenía pinta de saber dónde ir a tomar un buen sushi. ¡Bingo! Encontramos un encantador “mesón” en el interior del mercado (dónde no nos encontramos a ningún turista) y degustamos el mejor sushi que he tomado en mi vida por unos 6 euros el menú (aún lloro recordándolo).

Paseamos toda la tarde-noche por el barrio de Akihabara, la ciudad eléctrica, hipnotizados por sus luces de neón y tiendas de gadgets pero la locura se desató cuando, de casualidad, encontramos una tienda de disfraces Cosplay con pelucas de oferta, jajaja (Próximamente en Tomas Falsas V).

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Señorita Maid buscando clientes

De camino a la estación, pasamos por delante de varios Maid Cafés donde estas chiquillas intentaron (sin éxito) convencernos para entrar. Tras comprar una cajitas de bento (como buenos japoneses que somos) y tras sufrir horrores en un vagón para fumadores (ningún asiento libre en no fumador 🙁 ), nos dirigiríamos esa noche hasta nuestra siguiente destino: Kioto.

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