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Interior del bazar de Teherán

Tras mi experiencia en Kermanshah y mi primer día en Teherán “escoltada” por Samira y Nimo, como os podéis imaginar, cuando llegó el momento de salir sola por las calles de la capital, estaba ya preparada para todo. Irán ya no me asustaba para nada, de hecho, estaba fascinada por la amabilidad de sus gentes pero… ¿Acaso me tratarían igual si me mezclase entre la multitud como una mujer iraní más?

Decidí coger el metro. Seguía sorprendida por lo que me rodeaba: todo funcionaba como en cualquier otro lugar del mundo. La mayoría de la gente iba vestida de forma bastante occidental. Las chicas sí llevaban el pañuelo pero de una forma bastante informal. Muchas de ellas muy femeninas (pañuelo a juego con el resto de la ropa), vaqueros y llamativos maquillajes…

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Obras de arte hechas alfombra

Visita al Gran Bazar de Teherán

Me fui directa al Gran Bazar y lo cierto es que, tan pronto saqué la cámara del bolso, empecé a ver miradas curiosas y caras sonrientes. Este mercado me recordó muchísimo al de Estambul: todo muy ordenado y mucho más occidentalizado de lo que cabría esperar. Las descuidadas estructuras de este mercado centenario dejaban al descubierto su pasado.

El bazar se dividía por zonas y, muy pronto, me vi sorprendida por la riqueza de las telas y las esplendorosas alfombras. En la humilde casa de Milad lo que más me había sorprendido era aquellas preciosas alfombras. Aquí, en en bazar de Teherán, vería increíbles obras de arte.

Escondida en la parte trasera del mercado, cruzando un pequeño jardín, me encontraría con la Mezquita Imam Khomeini. Lo cierto es que, en todo momento, ni me sentí incomoda ni nadie me molestó así que decidí animarme y visitar su interior con gran respeto. Siguiendo las pautas de la desigualdad, entré por la puerta destinada a las mujeres descalzándome en la entrada. Si el exterior poseía una decoración con exquisitos azulejos, el interior definitivamente me impactó aún más. Estaba hecho de un montón de diminutos cristales que daban la sensación de estar dentro de una bola gigante de cristales Swarovski. Sólo estaban dos mujeres en su interior así que me fui adentrado en silencio en aquella pequeña habitación. Al final se podía ver a través de una puerta acristalada el féretro y a los hombres que habían entrado por la otra puerta…

El bazar no me aportó demasiado pero lo que no se me quitaba de la cabeza es que, a pesar de que estaba en Irán, uno de los países más “malvados” del planeta, el buen ambiente de las calles de Teherán sólo me transmitía paz y tranquilidad. Ni corta ni perezosa me fijé que, al igual que ocurre en cualquier parte del mundo, la gente que iba de compras al bazar, aprovechaba el buen tiempo para comprarse un bocadillo y sentarse a comerlo en alguno de los muchos bancos de la Calle Khayyam ¡así que decidí imitarles! 🙂

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La Mezquita Imam Khomeini

Visita al Tesoro de Joyas Nacionales

Eso sí, tan pronto saqué la guía para situarme en el mapa, varios curiosos ya se acercaron a preguntarme y a ofrecerme su ayuda, jeje. Tras comprar mi billete de avión en una agencia de viaje cerca del Bazar para mi siguiente destino que sería Shiraz, me fui hasta el Tesoro de Joyas Nacionales, recomendación de mi Couchsurfer Samira.

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La calle peatonal Naser Khosro

A pesar de que no soy muy de joyas, lo que vi en aquella pequeña habitación acorazada que se encuentra dentro del mismísimo Banco Central de Irán, fue una auténtica aberración: ¡Jamás había visto tanto oro y piedras preciosas juntos! ¡Allí había muchísimo más dinero del que jamás podremos imaginarnos!

Decidí entonces dirigirme al Palacio Golestán pero la taquilla ya estaba cerrada para visitar su interior así que sólo pude verlo desde fuera y descansar un rato en sus preciosos jardines dónde, una vez más, me quedaría sorprendida con los iraníes. El parque era extremadamente romántico: muy cuidado, con un montón de flores, fresco por las numerosas fuentes que había… ¡y allí estaban un montón de parejitas sentadas en sus bancos! Simplemente se miraban, charlaban, sonreían… Parecía el típico lugar de citas, jajaja. Y una vez más me preguntaba ¿Dónde está ese Irán tan cruel con el que tanto me han metido miedo?

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Un bonito Samovar en una tetería tradicional

Tomando té en una tetería tradicional

Tras este breve descanso, seguí mi paseo por calle peatonal Naser Khosro hasta llegar Park-e Shahr, un parque bastante normal y corriente pero destacado por albergar una tetería tradicional. Muy pronto, otro “curioso” se me acercó al verme enfrascada en mi guía. Por desconfianza, en un principio le di largas, pero muy pronto el caballero, con un increíble acento British, me indicó que estaba interesado en practicar inglés y me preguntó si podía acompañarme tomándome un té. Tras hablarme y enseñarme fotos de su mujer y sus hijos para mostrarme sus buenas intenciones (y de paso, hacerme a mí también el cuestionario de rigor) ordenó una tetera samovar de té y me hizo compañía en aquel lugar que se encontraba vacío a aquella hora de la tarde. Tras invitarme amablemente al té (una vez más, alucinando con la amabilidad iraní), me acompañó hasta la parada de metro y allí se despidió de mí, preocupado con que no me perdiese, jeje.

A pesar de haber sido un día tranquilo y que me quedasen muchos lugares por visitar (el Palacio Golestan, el Museo Reza Abbasi, la Torre Milad, el Palacio Sadabaad, la Torre Azadi), lo cierto es que no me importó en absoluto. Yo ya había estado en muchos museos, muchos palacios. Lo que realmente me apetecía cada vez más conocer era conocer el verdadero Irán y, sobre todo, a su gente. Aquella noche deseaba más que nunca llegar a casa para contarle a Samira mis impresiones sobre Teherán y debatirlo con ella. Así ocurrió y volvería a pasar otra noche en vela hablando con ella hasta las tantas… 🙂

 

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