Tras mi apoteósica llegada a Irán (nunca pensé que mi primer día en Kermanshah fuese tan intenso), ¡al fin estaba en Teherán!

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Con Samira en casa de Nima

1. Couchsurfing en Teherán

Nada más conocer mi primer host, Samira, me pareció extremadamente cálida además de guapísima (tiene unos preciosos ojos claros y almendrados tan típicos de las mujeres iraníes 🙂 ). Vestía, como cualquiera de nosotras (de forma occidental) y su apartamento era de lo más normal (excepto por el váter, jejeje)

Durante las presentaciones, mientras me ofrecía un té, le conté mis locas aventuras con Milad. Me fui dando cuenta que mi primer día no sólo había sido “too much” para mí sino que, para cualquier “chica iraní de ciudad”, también lo habría sido.

Me detuve entonces para preguntarle por el platillo.

– ¿Qué platillo? – Me preguntó sorprendida.

Le expliqué que la madre de Milad me había enseñado a tomar el té como una “verdadera iraní”, vertiendo el té en un platillo y bebiéndolo de él para dejar los posos en el fondo de la taza.

Samira no pudo dejar de estallar en una carcajada.

– ¡Nosotros bebemos el té como vosotros! ¡Lo que pasa es que tú has aprendido una costumbre antigua, de pueblo, jajaja!

Lo cierto es que mi nueva Couchsurfer y yo conectamos enseguida y a pesar de la nochecita que había tenido, cuando me dijo que un amigo suyo, Nima, vendría a dar un paseo con nosotras, enseguida me animé. Me llevaron de paseo en coche por Teherán.

Mi primera impresión de la capital fue totalmente opuesta a lo vivido antes. Me sentía como en casa. como en cualquier gran urbe del mundo: muchísimo tráfico (carreteras y circunvalaciones infinitas), bloques de edificios altos, iguales entre sí… Había algunas “mujeres ninja” (como las llamaba yo, con el burka negro) pero me chocaba más ver a las chicas jóvenes que llevaban el velo de una forma muy moderna, conjuntando el pañuelo, la manicura y su maquillaje. Eran de lo más coquetas. Al maquillarme un poco el ojo como Samira antes de salir de casa y al llevar el velo como ellas, podía sentir como pasaba totalmente inadvertida… Y es que como no dejaban de repetirme: “¡Nosotros somos persas, no árabes!

 

2. Visita al Palacio de Niavaran

Finalmente, Nima y Samira me llevaron a visitar el Palacio de Niavaran, vivienda del último Sha de Persia. Al acercarnos al palacio que se encuentra a las afueras, recuerdo mi estupefacción al ver que Teherán estaba rodeada de montañas muy altas en las que incluso se podía algo de nieve.

  • Sí, – me comentó Samira – es muy típico que, en invierno, la gente se desplace a las afueras, hasta la montaña, para ir a esquiar…

– ¿En serio? – pensé para mis adentros – ¿Pero no se supone que Irán iba a ser todo desierto? ¿Dónde está el desierto? 🙂

El Palacio de Niavaran es un complejo enorme con diferentes edificios. Es un lugar imponente y se entiende que el pueblo iraní expulsase al Sha por sus excesos… Estuvimos visitando el lugar durante casi tres horas y tras ver tanto lujo, ya mareados, decidimos irnos a comer.

3. Rompiendo estereotipos sobre Irán

Nima nos ofreció muy amablemente ir a comer a su casa. Desde luego, yo seguía perpleja con la hospitalidad de todos los iraníes que iba conociendo. ¡¿Cómo podía ser que este país fuese considerado como el mismísimo Mal!?

La casa de Nima era enorme, se podía respirar que era una familia acomodada. Su padre, que también hablaba perfectamente inglés, nos abrió las puertas de su casa y nos recibió con una deliciosa y copiosa comida, como si recibiese a amigos de toda la vida hasta el punto que hasta me sacaron un botella de vino.

– ¿No se supone que soy musulmanes? – Les dije sorprendida.

  • Bueno, digamos que hay que seguir las normas pero luego lo que haces en tu casa, es sólo cosa tuya – me contestaron mientras me miraban perplejos porque, a pesar que en mi país sí podía beber vino, a mí no me gustaba, jeje.

Llegó la sobremesa y, como en cualquier casa, empezamos a ver la tele (la MTV persa), hablar de todo y poco, a conectarnos y comentar cosas de Internet… ¡Estuvimos toda la tarde tomando café y dulces iraníes!

Cuando nos dimos cuenta, ya era de noche. Tras cenar con la familia de Nima, volvíamos finalmente a casa de Samira a descansar.Ya a solas, por la complicidad que se había ido creando entre nosotras durante aquel día, mi primera noche en Teherán se convirtió en un “noche de pijamas” en la que estuvimos cotilleando hasta altas horas de la madrugada: confesiones sobre chicos, sobre nuestras vidas y nuestras esperanzas… Tantas cosas en común cuando, supuestamente, éramos de dos mundos enfrentados.

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El Bazar de Teherán

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