Tras mi visita a Machu Picchu, antes de regresar a Cusco donde finalizaría mi viaje, quería visitar algo más a los alrededores de Ollantaytambo. Por desgracia no había forma de hacerlo por libre así que, aunque me costaría más caro, decidía contratar un taxista para que me llevase hasta las salineras de Maras y Moray.

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Llegada a las salineras

Visita a las salineras de Maras

Llegaríamos a nuestra primera parada en apenas 45 minutos en coche. Tras pagar la entrada, recorreríamos con el coche un estrecho caminito que nos permitiría visualizar el conjunto desde las alturas.
La panorámica es de lo más peculiar como podéis ver. A continuación, ya me puse a caminar para visitar el lugar pero tiene poco que ver. Aún así no deja de ser realmente sorprendente lo que puede hacer la naturaleza. Allí, cómo no, hay un montón de tiendas de souvenirs en los que se pueden adquirir numerosos productos relacionados con la sal.

Tras esta breve visita, y es que no había mucho más que hacer por allí, cruzamos numerosos pueblecitos encantadores para llegar en quince minutos más tarde hasta nuestra siguiente parada, Moray.

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Las curiosas formas de las salineras de Maras

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Los pequeños pueblos del Valle Sagrado

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Pueblecitos con encanto de camino a Moray

Visita a Moray

La visita a Moray fue igual de breve que la de las salineras pero también igual de impresionante. Si ya había visto numerosas terrazas tanto a través de los paisajes del Valle del Colca, como en Pisac, como en Machu Picchu, la curiosa andenería redonda de Moray no deja de ser sorprendente. Tiene un tamaño realmente descomunal (fijaos en el tamaño de las personas en la fotografía que tomé) y, otra vez, parece mentira que los incas pudiese ser capaces de tanto ingenio y precisión.

Tras ambas visitas, mi taxista me acercaría a un pueblecito de Urubamba cerca de allí para tomar un colectivo que me llevaría hasta Cusco. Confieso que aquel fue un momento de los más surrealistas de los que he vivido en mucho tiempo. Estaba en un pueblo perdido y, como os podéis imaginar, no suelen abundar muchos turistas por allí y aún menos que lleven una maletita rosa, jajaja. Como no cabía dentro, la ataron a la baca de la furgoneta y allá nos fuimos. Fueron dos horas de camino con un calor insorportable.

Aquel día, tras dos visitas muy tranquilas, me instalaba un pequeño hostel en Cusco. Por desgracia, aquella noche, empecé a encontrarme algo indispuesta. Noté que tenía fiebre, mareada, como sin fuerzas y llegué a pensar si a lo mejor había sufrido una insolación. Algo no iba bien… Empecé a notar un agujo escozor debajo de mis nalgas… ¡Parecía que el repelente antimosquitos de Machu Picchu no había funcionado del todo y estaba llena de picaduras justo donde había sudado al caminar! Durante el día, al estar sentada gran parte del tiempo, no noté nada pero por desgracia con el roce de los pantalones y el sudor, las picaduras tenían muy mala pinta y parecían infectadas. Al día siguiente, a primera hora, hice mi primera parada del día en una farmacia para comprar una pomada con corticoides. Me tomaría un par de ibuprofenos con el desayuno y listo. ¡Unos malditos mosquitos no iban a impedirme que visitase Cusco!

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La impresionante andenería de Moray (¡Fijaos en el tamaño de la gente!)

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