¡Quiero ir a la playa de las Catedrales! ¡Ya!

Los veranos son impracticables en cuanto a viajes se refieren. ¿Vacaciones en verano? No, gracias. Tener que pagar el triple por un billete y las aglomeraciones de guiris no van conmigo.

Siempre me habían hablado muy bien de la “Mariña lucense” y a pesar de no ser nada de playa (mi tez blanca lo atestigua), me entraron unas ganas infinitas de ver el mar.

Además la costa atlántica gallega ya la conozco bastante, sin embargo, desde mi escapada a San Sebastián, no había vuelto a ver el Cantábrico.

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Mariña Lucense

 

Confieso que fue un viaje muy poco preparado pero estaba en esos días en los que estás aburrido de todo… Así que el viernes mientras charlaba con mi Couchsurfer me puse a mirar combinaciones de trenes y buses y tras intensas búsquedas, ¡Bingo! Un bus en dirección a Asturias me dejaría en Ribadeo a las 12h.

Sorprendentemente, el trayecto de 3 horas y media fue extremadamente cómodo. Tanto que casi me quedo dormida y me paso, jejeje

Nada más bajar, un día espléndido. Cuando el tiempo acompaña durante un viaje, ya soy feliz.

 

Reviviendo Verano Azul

Me dirigí a la oficina de Turismo y no podía dejar de sonreír viendo las bonitas de casas de estilo indiano. La chica sumamente simpática que me atendió me dio el toque de gracia: nada de buses, trenes para poder viajar por costa (empiezan en Julio para los turistas) así que sólo podía visitar Ribadeo… Pero yo había visto a los dos chicos justo delante de mí habían alquilado una bici

En ese el momento es cuando cortocircuito, me emociono, pago la bici y ¡Ooops, I did it again! Misma situación que en Ámsterdam. Me doy cuenta que no he vuelto a subirme en una bici desde entonces… Pero, una vez más, la experiencia merecería la pena.

Catorce km de playas y si me alcanzaban las fuerzas… visitar la famosa Playa de las Catedrales.

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Playa de las Catedrales

Así que tras unos primeros titubeos y tras volverme loca con las marchas (¡no entiendo nada!), nada más salir de Ribadeo, ya pude tener unas vistas preciosísimas al cargadero y al puerto deportivo, un poquito más adelante, el mirador de A Atalaia donde unos autóctonos, muy acostumbrados a los guiris, ya se ofrecían a sacarme fotos, jejeje.

Intentando descifrar el maldito funcionamiento de la bici y me encontré con los que me había metido en todo este lío. Las explicaciones no sirvieron de mucho porque poco después ya se me salía la cadena pero menos mal que esta pareja asturiana estaba ahí para salvarme. Tras el incidente, no quedó más remedio que hacer las presentaciones y a partir de ese momento Juan, Belén y yo seguimos nuestro recorrido juntos.

Si me había parecido buena idea alquilar la bicicleta e ir hasta la playa con ella, la experiencia superó con creces mis expectativas. La carreterita secundaria pegada al mar es increíble y puedo decir que ha sido unas de las experiencias más bonitas que he vivido. El poder disfrutar de la naturaleza en estado puro mezclado con una sensación de libertad total hizo que, una principiante como yo, acabase finalmente pedaleando 28 km.

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Cuevas de la playa de las Catedrales

Visita a la Playa de las Catedrales

Si el camino fue bonito, la meta, la Playa de las Catedrales, tampoco me defraudó. La marea justo bajaba a las 15h15. Encontrándome en uno de los lugares más románticos que he podido ver, decidí desaparecer para dejar los tortolitos a solas. Mientras tanto fui caminando descalza por la playa. Cada ola de agua fresca se convirtió recompensa para mis piernas y pies cansados por el trayecto. Tal y como nos habían avisado, la marea no tardó mucho en subir y entonces una agua turquesa y cristalina empezó a rodear las espectaculares rocas. Los más atrevidos empezaron en sumergirse por las cuevas llena de misterios mientras yo no podía dejar de mirar a todos los lados extasiada por lo maravillosa que puede ser la naturaleza.

 

Atrapada en Ribadeo pero con feliz final

El tiempo allí parecía haberse detenido, todo pasó volando pero tocaba regresar para coger el último bus. A pesar de no estar tan cansada como me imagina, apareció un pequeño factor con el que no contaba: el viento. Al regreso, soplaba en contra. Cuando, por fin llegué a Ribadeo, la llave del candado de la bicicleta decidió desaparecer (por segunda vez aquel día), y cuando por fin la encontré… vi como el bus marchaba sin mí. Ribadeo no quería dejarme marchar. ¿Sería el destino?

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Vistas a Ribadeo

De vuelta a la oficina de turismo, la chica no daba crédito. Ahora mi historia se volvería un poco más emocionante: todos los albergues, hospedajes, hoteles estaban completos debido a una concentración motera en Ribadeo, unos partidos de fútbol local, las fiestas de Rinlo… “Yo no me voy de aquí hasta que no te encuentre un sito para dormir”, me dijo la chica (yo en aquel momento confieso que lo que más ansiaba era más bien una ducha, jajaja). Tras miles llamadas y pensando en unirme a los moteros, aparecieron Juan y Belén, mis Salvadores. Tenían reservada una habitación doble… ¡con una cama supletoria!

Los gijonenses volvieron a adoptarme y la verdad es que no pude menos de invitarles a una buena cena gallega con longueirós, mencía y licor café en el menú en muestra de agradecimiento infinito. Está claro que mi fin de semana no hubiese sido el mismo sin ellos.

A la mañana siguiente, visitamos juntos la ciudad y nos recorrimos casi todo el paseo marítimo contemplando Asturias a lo lejos. Tras despedirnos, acabé de enamorarme de Ribadeo despidiéndome de la ciudad antes de marchar desde el mirador de Santa Cruz.

Ahora puedo decir que “Me gustan que los NO planes salgan bien” 🙂

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