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Los preciosos colores de los longuis

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Los bulliciosos mercados de Yangón

Mi querida y pequeña Myanmar,

Te escribo esta carta antes de que sea demasiado tarde. Llevaba unos cuantos años con ganas de conocerte. Teníamos amigos en común, amigos que hablaban de ti como un país de ensueño y diferente a cualquier lugar que pudiese conocer por haber sido enjaulada durante tantos años. Pero haberte pasado años “presa”, curiosamente, te ha sentado bien ya que sigues siendo la de siempre, auténtica, fiel a tus principios y tradiciones.

Ahora vuelves a tener “amigos” a tu alrededor que quieren volver a jugar contigo, pero sólo te pido que no olvides de dónde vienes, que la globalización no te arrastre demasiado fuerte. Me preocupa que te invadan, que te quieran cambiar, prostituir, violar y, como ya ha acontecido en otros países, pierdas tu identidad. Ojalá llegue la modernidad, la comodidad a ti pero que tus habitantes jamás dejen de verse hermosos con sus mejillas cubiertas de thanaka, que se mantenga la elegancia de tus habitantes con longuis y ojalá sigan tus hombres mascando y escupiendo sus asquerosas hojas de betel por mucho tiempo (dejando de lado que sea igual de nocivo que el tabaco). Sigue sintiéndote orgullosa de tus pagodas doradas, de tus paisajes, de tu artesanía y de tu inmensa variedad de tribus.

Adáptate pero no cambies, te lo pido por favor. Ojalá puedas conseguir mantener tu ingenuidad, tus tímidas sonrisas y miradas a ver llegar un extranjero, tu paciencia y respeto infinito por los demás. Ojalá los preceptos de Buda sigan marcando el ritmo de tu vida y, por fin, tu ansiada libertad te lleve a conseguir lo que quieras sin llegar a venderte al dólar.

Myanmar, tienes tanto que mostrarle al mundo y de lo que orgullecerte. Reafírmate y no te quedes parada. Sigue luchando aunque sea en silencio como hasta ahora, si es así que crees que deben de ser las cosas, pero no te rindas, nunca tires la toalla ni dejes de ser quién eres.

Tus dorados, colores y flores quedarán grabados por siempre en mi memoria porque, a pesar de ser humilde, brillas tanto o más que las luces de neón que rodean a tus budas.

Disculpa si te molestan mis propósitos de hermana mayor. No lo digo por sentirme superior. Al fin y al cabo sólo soy una pobre viajera que, desde un cariño de lo más profundo, sólo desearía poder protegerte.

Hasta siempre, Myanmar.

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Cuidando del Buda

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Niño o niña durante una celebración

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