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Momento playero con mi hermana (Foto: viajedemivida)

Recuerdos de una hija de emigrantes…

Haciendo memoria me he dado cuenta de que mi primer viaje lo hice cuando sólo tenía tres meses así que como os podéis imaginar no me acuerdo de mucho, jajaja

Aún así quería dedicarle un post a esos primeros viajes entrañables…

Soy hija de emigrantes y estuve hasta los 15 años viviendo en París así que mis primeros viajes eran visitar durante el mes de Agosto a nuestra familia que estaba en España: 15 días en Sepulcro-Hilario (diminuto pueblo con encanto en la provincia de Salamanca) y 15 días en A Coruña.

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Primeros vuelos (Foto: viajedemivida)

Mientras mi hermana y yo fuimos pequeñas, la familia se podía pagar el “lujo” de ir en avión. Aún guardamos algunos recuerdos de esos primeros vuelos y de esas maravillosas esperas en el aeropuerto, jajaja.

Larguísimos viajes en tren allá por los años 80…

Muy pronto, al tener que pagar por cuatro pasajeros en vez de dos, tuvimos que empezar a viajar en tren ya que el precio para toda la familia era desorbitado.

Empezaron entonces los viajes de 24 horas en tren.

El primer tramo, durante la noche, lo hacíamos en trenes-litera de París a Irún.

Aquellos trenes eran relativamente confortables. Siendo una niña recuerdo lo divertido que era dormir en literas… ¡y aún más si era en un tren!

Los compartimentos eran de seis camas por lo que siempre resultaba emocionante ver con quién nos tocaría viajar (eso sí, rezando para que los intrusos no roncaran demasiado).

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Mi hermana toda fashion en el aeropuerto (Foto: skandal00)

Aún recordamos después de los años a un chico adolescente que se empeñó en dormir en la litera superior y que en medio del bailoteo nocturno cayó. Resultó fascinante ver que a pesar del golpe sólo se quejase en sueños y siguiese durmiendo en el suelo, jeje.

Llegada la mañana, tocaba cambiar de tren. Recuerdo aún aquellos señores “maleteros”, unos hombres enormes a los que uno le daba una propinilla a cambio de que llevasen las maletas de un andén a otro en sus enormes carretillas.

Nada más cruzar la frontera, nos encontrábamos con trenes muy diferentes, muy“retro” (ochenteros) dónde un bullicio de españoles y portugueses (y sus miles de bultos) se peleaban por un asiento.

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Horas y horas de tren (Foto: skandal00)

Mis padres cuentan que durante mi primerísimo viaje por falta de enchufes en los trenes españoles, mi padre se jugaba el tipo bajando del tren para buscar un lugar dónde poder calentar mi biberón mientras mi madre – de los nervios – intentaba consolar al bebé (ya que no había paradas en todas las estaciones) y rezaba por que el tren no arrancase sin su marido.

Unos años más tarde por fin aparecieron los enchufes y añadieron unos fantásticos vagones-restaurante.

Aún así, en otro de los viajes casi volvemos a “perder” a mi padre: había ido a por unos refrescos pero no teníamos ni idea de que el vagón restaurante se desenganchaba en algún pueblo perdido y no continuaba con el tren hasta el final del trayecto…

Poco a poco los trenes españoles empezaron a mejorar muchísimo, los viajes empezaron a hacerse más llevaderos: apareció el Talgo.

Al cruzar la frontera, el calor era apabullante. Recuerdo quedarme horas hipnotizada ante las enormes planicies secas de Castilla. Nuestro mayor entretenimiento era observar los pájaros sobre los tendidos de cable eléctricos. Era fácil darnos cuenta de que nos aproximábamos a Galicia: el paisaje empezaba a cambiar radicalmente hacia los verdes.

Hoy en día los viajes en tren no han dejado de perder ese romanticismo para mí. La única diferencia es que ahora siempre lo acompaño de música.

Sin embargo, esa sensación de tránsito continuo, de viaje a ninguna parte, sigue encantándome y me tiene enganchada…

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