Sin trabajo

Conocer a Jessica y Deonza en Quito me había venido muy bien y es que justo me acaban de dar la ¿terrible? noticia. Unos días antes recibía un mail de mi jefe anunciándome que nuestro cliente más importante nos había dejado y que se veía obligado a cerrar la empresa en finales de Abril, justo quince días antes de finalizar mi excedencia voluntaria. Así que, a partir de aquel momento, decidí que ya no habría prisa y que esperaría a romperme la cabeza cuando llegase a Lima. Regresaría a Perú a visitar a mi amigo Julio y allí ya decidiría qué hacer. Por ahora tocaba seguir disfrutando del viaje. Sin embargo, al saber que ya no había un trabajo al que volver, decidí bajar el ritmo frenético de viaje.

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El palacio municipal de Otavalo

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Las farolas de Otavalo me tenían enamorada

Por qué y cómo llegar a Otávalo

¿Por qué fui hasta Otávalo? Pues por qué Patricia Schultz lo incluía en su maldita lista de “1000 sitios que ver antes de morir” e incluía la descripción “mercado indígena más importante de Suramérica”. Los mercados son una de las cosas que más me divierten en este mundo y si iba a ser puramente tradicional, ¡mucho mejor!
Llegar a Otávalo fue muy fácil. Se llega en apenas 2 horas en bus desde Quito. Había buena carretera y la peli-telenovela-culebrón duraba justo dos horas así que se me pasó el viaje volando. Ya en Otávalo reservé un hostel en pleno centro y esa misma tarde ya me recorría andando prácticamente todo este pueblo grande de 40 000 habitantes. La plaza del Ayuntamiento y la Iglesia Matriz me parecieron encantadoras. Me sentía genial en un ambiente tan relajado, sin apenas turistas, y totalmente diferente a Quito debido a la gran mayoría de indígenas kichwa. Me retiraría temprano porque al día no quería perderme ningún detalle del mercado.

El mercado de ganado de Otávalo

El mercado de ganado arranca sobre seis y finaliza sobre las ocho por lo que las siete me pareció una hora prudente para acercarme y, desde luego, el espectáculo que presencié no me decepcionaría. Allí estaban campesinos venidos de todos los pueblos de los alrededores con sus animales negociando en un ambiente de lo más auténtico. Me encantó la experiencia y, aunque me entusiasmaban todas las escenas que allí presenciaba, apenas saqué la cámara del bolso. No quería molestar a aquellas gentes en su rutina. Sus sombreros, collares, sus vestimentas… todo me pareció tan genuino que sólo quería disfrutar de la experiencia. ¡Y creo que en parte lo conseguí cuando una de las señoras con una enorme bolsa de patatas me ofreció un par de conejos! 😀

El mercado artesanal de Otávalo

Sobre las 8 decidí regresar en dirección al centro hacia la plaza de los Ponchos. Allí se encuentra el mercado de artesanías. A pesar de no coincidir con muchos turistas, se ve que es habitual que se acerquen a visitar sus puestos por lo que este mercado me supo bastante a poco en comparación al de ganado. Aun así, confieso que, de no saber que estaría 2 semanas más en Ecuador, me hubiese llevado casi todo lo que vi allí: las blusas bordadas, los enseres de cocina pintados a mano, la joyería, los ponchos… ¡Todo me pareció precioso!

El mercado de comida de Otávalo

Junto al mercado artesanal se encuentra el mercado de comida del pueblo en el que también me pasaría un buen rato fascinada por la calidad de las carnes, las verduras, los miles de tipos de papas (como en Perú). Una gastronomía totalmente diferente a lo que llevaba 3 semanas comiendo en Colombia. Así que siguiendo el refrán “Donde fueres haz lo que vieres”, me senté en una banqueta del mercado junto a un enorme cerdo asado y pedí un plato como todos los demás… ¡Y a día de hoy sigo recordando esa deliciosa comida acompañada con ensalada fresca y choclo por apenas 1,5 €!

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El Lechero

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La Laguna de San Pablo

El Lechero y la Laguna de San Pablo

Me estaba encantando Otavalo y me hubiese encantado quedarme más allí pero había quedado con Jessica y Deonza para visitar Cotopaxi al día siguiente. Apenas me quedaba una tarde así que les pedí consejo a los dueños del hostel. Me recomendaron varias atracciones a las afueras… ¡Y regresar para conocer las numerosas rutas de senderismo de la zona! El día estaba bastante nublado y tenía miedo que me pillase un buen chaparrón de camino así que negocié con un taxista para que me llevase hasta el Lechero (está a apenas 10 minutos en coche, 40 minutos caminando). El Lechero es un árbol milenario y un mirador natural a la afueras de Otavalo. Hay muchas leyendas entorno a él y aún se realizan rituales allí. Personalmente me pareció que el lugar efectivamente tenía una magia especial. A un paso de allí se encuentra el Parque del Cóndor, un parque de atracciones dónde ver volar a estas aves, pero prefería visitar la segunda recomendación que me habían hecho: las cataratas de Peguche.

Las cataratas de Peguche

¡Cuántas sorpresas me depararía Otavalo! Las cataratas de Peguche están también muy cerquita del pueblo (a unos 10 minutos en coche del Lechero y de Otávalo) y, a pesar de no ser espectaculares, me encantó el pequeño bosque que las rodea. Está perfectamente acondicionado para los turistas con bonitos paseos, puentes, merenderos y zona de cámping. Desde él se puede apreciar cómo pasa el río por debajo y además existen pequeñas piscinas naturales para todos aquellos que quieran disfrutar de un chapuzón. Se trata un emplazamiento que, al igual que el Lechero, es muy especial. Allí también se siguen realizando ceremoniales en días especiales para los kichwa.

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