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Acercándome al centro de Mandalay

Entrada al Palacio Real de Mandalay

Entrada al Palacio Real de Mandalay

Mi última parada en Birmania sería la ciudad de Mandalay. Reconozco que apenas había oído hablar de ella y, sin embargo, decidí que pasaría allí cuatro días. Estaba convencida que me reservaría buenas sorpresas… ¡y así fue!

El Palacio Real de Mandalay

Mandalay, aunque que sea una gran desconocida, es la segunda ciudad más importante de Birmania con casi un millón de habitantes. Pensé que no sería tan enorme y simplemente, como de costumbre, salí del hotel y eché a andar. Eran mis últimos días en Myanmar y ya me estaba dando pena dejar este país que me había parecido tan auténtico. Pero… había que seguir adelante.

Según mi mapa, había una “ciudad” amurallada cerca de mi hotel así que me fui en esa dirección. No parecía que las distancias fuesen tan enormes pero finalmente me pasaría una hora entera caminando. Me vi rodeando toda esa muralla para poder acceder al Palacio de Mandalay (sólo se podía acceder a través de una de sus puertas).
Cuando por fin lograba entrar, el interior de esta misteriosa urbe estaba llena de casas modernas. Había vigilancia por todas partes por lo que intuí que quizás fuesen viviendas militares y alguno de aquellos edificios fuese oficial. Para llegar hasta el palacio me recomendaron entonces alquilar una bicicleta. Aquel lugar era enorme así que lo hice para no perder más tiempo y alcanzar de una vez por todas mi objetivo. Todos ellos – más que acostumbrados en ir en bici y en moto a todas partes – me miraban y se reían de mi torpeza, jeje.
Al fin llegué junto al Palacio Real y tras descalzarme como todos, me dispuse a visitar este curioso edificio tradicional que fue la vivienda de la última monarquía birmana. Nada de información turística pero esta sorprendente arquitectura ya hablaba de por sí sola.

El Monasterio Shwenandaw

A un paso de allí también se encontraba el Monasterio Shwenandaw. A pesar de todo lo que había caminado, tenía ganas de más. Así que, ni corta ni perezosa, seguí la muralla rodeada de un bullicioso tráfico. En este caso, la sorpresa sí sería mayúscula. Este monasterio del s. XIX, totalmente construido en madera oscura de teca, me pareció realmente alucinante. El labrado de la madera era increíble. Es simplemente mágico ver como un material como este puede parecer tan sólido y ligero a la vez. Si el exterior es impresionante, el interior tampoco me decepcionó con sus enormes columnas y juegos de luz y sombra. A su lado se encontraba un templo blanco y dorado relativamente moderno. En él se estaba preparando un acto de graduación de monjes budistas. Como siempre, mi instinto arácnido me pedía que me colase, pero tras informarme, esta ceremonia no tendría lugar hasta el lugar siguiente y sería a puerta cerrada…

La Colina Mandalay (Mandalay Hill)

Como es costumbre para cualquier viajero, llegaba uno de los mejores momentos del día: la puesta de sol.
El mejor lugar para verla es, sin duda, Mandalay Hill. Aunque me quedasen fuerzas, muy pronto descubriría que estaba a una hora caminando y que no había transporte común para llegar hasta allí.

¡Tocaba probar los mototaxis birmanos! Tras un extraño regateo con varios de ellos, me mandaron al “primo” de uno de ellos que se encargaría de subirme hasta lo alto y llevarme luego de vuelta a casa. Lo gracioso es que este buen hombre era la mitad de mi tamaño y la moto no me parecía lo suficientemente potente como para subir toda esa cuesta. Contra todo pronóstico, a todo gas y soltando humo negro a nuestro paso, adelantamos a toda la gente que subía caminando. Me dejó en la cima en el momento perfecto.
En lo alto se encuentra la preciosa Pagoda Sutaungpyei de colores suaves y alegres, recubierta de cristales que reflejaban la luz rosada del atardecer de una forma increíble.
Para no variar, como ya me había ocurrido en varios de los templos, allí se acercaron dos jóvenes monjes curiosos por saber de dónde venía y practicar inglés. A nosotros se unió una chica vietnamita llamada Hong y, como suele ocurrir a menudo entre viajeros solitarios, acabamos entablando conversación e intercambiamos números para seguir recorriendo la ciudad juntas el día siguiente. 🙂

Mi “mototaxista” esperaba por mí a la puerta para bajar. Tenía que irme. Dispuesto a sacar una buena propina antes de dejarme en el hotel, decidió llevarme hasta un pequeño parque de atracciones en las que había réplicas de todos los monumentos de Mandalay iluminados como si fuese navidad. Un broche de oro bastante surrealista tras un día de lo más completo, jejeje.

Nota: Las visitas al Palacio de Mandalay y al Monasterio de Shwenandaw están incluidos en la tasa que se paga en la entrada a Mandalay así que no os olvidéis de presentar el tiquet para no tener que pagar otra entrada.

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