NubesMientras pienso en escribir estas líneas, los nervios me rodean. Pero es un cosquilleo agradable, como cuando alguien que te gusta te roza por primera vez… Me voy de nuevo de viaje. Sí, es cierto, ya he estado unos días por La Toscana con mi amiga Mónica pero entre risas casi no fui consciente de que estaba realmente de viaje. Bueno, miento. Guardo las sonrisas interiores al recordar el olor de los precioso paisajes toscanos, pensar en esos increíbles minutos al sol en plena Piazza del Campo de Siena viendo a la gente pasar, mi sorpresa al ver que la Torre de Pisa está realmente muy inclinada, la “dolce vita” disfrutando de la gastronomía italiana… Fueron unos días maravillosos…

Sin embargo, aquí estoy. Sola otra vez, hablando conmigo mismo, meditando. ¿Qué es lo que me vuelve tan adicta a esta sensación, a viajar?

Al no estar entretenida con nada más, me pongo a analizar (cosa que me encanta). Cuando viajo sola, por un lado, siento como la precisión de mis acciones son vitales. Sólo dependo de mí. Al mismo tiempo, la desconexión es total. Y es que… ¡sólo dependo de mí! Tengo todos mis sentidos puestos en qué siento y qué quiero. Puedo detener el tiempo, puedo acelerarlo. Escucho mi cuerpo como en un ejercicio yoguístico. Puedo sentir si le duele algo, si tiene hambre, si está a gusto. Él también se activa, reacciona de forma diferente. Él sólo entiende de la rutina que le obligo seguir día a día.

Lo mismo ocurre con mi mente. Puede dejar de pensar en todos los “problemas”, en esas pequeñas preocupaciones que hay en casa. Allí se quedan. Aunque también se queda pensando en quienes dejo atrás… hasta el despegue.

Luego viene la sensación mágica en la que tomo consciencia de cómo nuestros frágiles cuerpos son violentamente sacudidos por la enorme maquinaria que representa un avión. En pocos segundos, unos cientos, miles, millones, billones de pasajeros se ven propulsados a través del espacio tiempo. Nuestros cuerpos están por los aires y me río para mis adentros imaginando cómo sobrevuelo las medidas reales representadas en los mapas que tanto me gustan.

CrowdMientras todo eso ocurre empiezo también a escuchar cosas que podrían parecer insignificantes en otros momentos cotidianos: pequeñas conversaciones entre una madre y un bebé, dos chicos adolescentes riéndose al ver que me siento junto a ellos, idiomas incomprensibles, respiraciones y ronquidos…

¿Qué ocurre con todas estas cosas cuando no estoy de viaje? ¿Por qué no las percibo? ¿Acaso no están? Sí. Claro que sí. Lo que pasa es que cuando viajo, me dedico a mí misma. Me activo entera. Como si de un ejercicio espiritual se tratase, me vuelvo a reencontrar una y otra vez.

Pero lo mejor está aún por llegar. Tras el chute, sube la adrenalina y, por fin, soy consciente de lo acontecido. Se abren las puertas, y aunque, de buenas a primeras, nunca eres consciente de que estás ya lejos porque todos los aeropuertos son iguales, según te vas perdiendo entre la multitud, mientras intentas reconocer olores y sonidos, te vas dando cuenta de que ya has cambiado. Has roto con tu rutina, con tus miedos. Probablemente estés cumpliendo otro sueño. Todo lo que veas, oigas, huelas, comas y sientas serán un valor añadido a ti que te convertirán en una persona diferente... ¡Y te sentirás ligero! 🙂

 

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