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El Hotel Nacional, Memoria del Mundo por la UNESCO

Un viaje soñado desde la adolecencia: Cuba

Abril, celebrando mi cumple con mis padres y de repente aparece un vuelo para Cuba por 390 euros ¿Qué haríais vosotros? ¡Pues no dejar pasar la oportunidad!

Tendría que esperar seis meses antes de que llegase el momento pero por fin podría conocer la Cuba de Fidel…

Cuando por fin llegó el día, aún no lo había asimilado. Lo que más me agobiaba era la horrible escala en Caracas al regreso. La noche antes, en Madrid, con la ayuda de mi prima, reservaría un hotel para evitar más nervios y quebraderos de cabeza…

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Pescadores en el Malecón

Cuando al fin el avión se aproximó a la isla, me entraron escalofríos. No sólo por lo bella que me pareció desde los aires sino por todo aquello que representaba. Siempre me había fascinado aquel lugar. Estaba tan intrigada sobre con qué me iba a encontrar.

Las primeras noches en La Habana era lo único que había reservado. Luego, tal y como me habían recomendado, viajaría a ritmo cubano, dejándome ir… Los horarios de trenes y buses entre ciudades parecían imposibles de combinar así que ¿¡Para qué estresarse!?

Alojada en una casa particular de Vedado

Pío y Lidia, un viejo matrimonio, serían mis anfitriones en el barrio de Vedado. La habitación sencilla con cama de matrimonio y baño propio, limpísima y con un desayuno increíble pero, lo mejor, un trato familiar que hiciese que me sintiese como en casa de mis abuelos. 🙂

Para mi primer día en La Habana decidí que me olvidaría de las prisas tal y como me ocurría en otros de mis viajes. Tampoco dispondría de Internet así que serían 10 días de desintoxicación total. A tan sólo 10 minutos andando de casa, me sumergía ya en pleno Malecón y veía el famoso Hotel Habana Libre (cuartel general de Castro durante la Revolución) que me pondría los pelos de punta. Según iba abriendo el día, me dejé guiarme por mis instintos. Me olvidé de la cámara y me puse a caminar con las manos en los bolsillos, saboreando el olor a mar Caribe.

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Los escenarios de Fresa y Chocolate en Habana Centro

Visita al Hotel Nacional, paseo por el Malecón y el Callejón de Hamel

Me encontré entonces con el bonito Hotel Nacional de Cuba hasta el que me desvíe. Las vistas al Malecón desde allí eran impresionantes y el interior tan elegante y distinguido con su decoración colonial… Sin embargo, no todo era romanticismo. Ahí estaban viejos cañones apuntando al mar y, bajo el bonito césped del jardín, se encontraban escondidas unas trincheras con un pequeño museo dedicado a la Crisis de los Misiles.

Seguí mi paseo todo lo largo del Malecón. Dejé de mirar definitivamente el reloj. A ver allí unos pescadores no pude menos de sacar mi cámara de fotos de mi bolsa de tela. Se sorprendieron que no fuera “cubanita” y empezaron amablemente a conversar conmigo. Uno de ellos se ofreció entonces a enseñarme el Callejón de Hamel que estaba a unos metros de allí. Era temprano: sólo estaban los comerciantes colocando la mercancía para turistas, los camareros reponiendo la bodega… No quise sacar la cámara. No quería romper el momento. Allí me senté con aquel muchacho que me contó que era profesor y empezamos a contarnos batallas sobre la vida y el amor mientras me invitaba a probar una canchánchara.

Decidí arrancar en dirección a La Habana vieja. Él decidió acompañarme otro rato más y me invitaría a desviarme un poco para visitar el escenario de la película “Fresa y Chocolate” dónde se encuentra ahora mismo el paladar La Guarida. A pesar de la decadencia, la belleza de la ciudad resplandecía en todos sus rincones y me tenía fascinada.

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Paseo Martí: bullicioso de coches antiguos y el Capitolio

Recorriendo Habana Centro

Cuanto más me iba adentrando en Habana Centro, más me veía hipnotizada. Los colores, los coches antiguos… Y por lo tanto ganas irrefrenables de sacar la cámara pero aguantaba por el hecho de que era feliz por no llamar la atención a diferencia de los demás turistas con shorts, sandalias con calcetines, móviles y cámaras al cuello, locos por pagar lo que fuese por recorrer la ciudad en coche descapotable… Preferí ser invisible y seguir caminando tranquilamente sin sentirme acosada…

Empezó a entrarme el hambre. Tras descansar un rato en un banco en el Parque Central frente a la estatua de José Martí, decidí seguir el consejo de Pío y me dirigí a los coloridos edificios frente al mismísimo Capitolio. Allí se encontraban tres restaurantes: Los Nardos – en la primera planta, el más turístico y el más caro, el Asturianito – en la segunda planta, de precio medio y con cocina cubana – y el Trofeo – en la tercera planta con pizzas y sándwiches. Me decanté por el del medio y la verdad es que mi primer almuerzo, aunque sencillo, fue rico, económico y abundante.

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La Habana Vieja

Recorriendo la Habana Vieja

Ya con las pilas cargadas, tocaba acabar el recorrido previsto para aquel primer día en dirección a la Habana Vieja. Volví a mezclarme con la multitud pero, esta vez, el ambiente puramente turístico. Muchos cubanos vestidos con trajes tradicionales, pintores, músicos callejeros buscando ganarse la vida gracias al turismo… Pase un breve momento por los famosos Habana Club y la Bodeguilla del Medio pero muy en el fondo sabía que no era lo que estaba buscando…

Sí, La Habana Vieja era la típica imagen de Cuba, única, de postal, colorida y alegre…  Aquella tarde, empecé a sentirme encantada y triste por todo aquello porque, en el fondo, sabía que todo aquello no era probablemente más que una bonita careta. Como las máscaras sonrientes del teatro griego, era muy probable que existiese otra cara menos sonriente… Una montaña rusa de sensaciones acaba de iniciarse en mí, estos serían los primeros sentimientos encontrados en este viaje que acababa de iniciar…

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Ahí estaban escondidos Los Nardos…

 

 

Este post NO ha sido patrocinado. Los enlaces o las menciones a marcas que incluyo en este texto han sido introducidos porque creo que pueden tener interés para el lector. TODAS las opiniones y experiencias recogidas en mi blog son REALES y ÚNICAMENTE mías.

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