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Casa Couchsurfing en Kioto

La “Couchsurfing House” de Kioto

Nuestra llegada a Kioto no empezó con muy bien pie. Era ya de noche y sólo teníamos las fotos-indicaciones de Shoji, nuestro siguiente Couchsurfer, para llegar hasta su casa (a las afueras) ya que él no estaría allí.

Tras perdernos bastante, cuando al fin encontramos a la casa… ¡No dábamos crédito! Shoji, un jubilado cedía todo domicilio a la causa Couchsurfing ya que vivía en casa de unos familiares. ¡Jamás nos hubiésemos esperado tantísima generosidad! Nos encontrábamos en una casa de estilo tradicional japonés con un pequeño jardín zen en la entrada, un alto escalón para acceder al ella (dónde todo el mundo dejaba su calzado), cocina y salón en la primera planta con puertas correderas de papel (como en las pelis y dibujos japoneses, vamos) y, en la primera planta, tras subir unas empinadas escaleras de madera, dos habitaciones “tatamis” más. Sin embargo, lo más sobrecogedor de la casa era que todas sus paredes estaban recubiertas de mensajes de agradecimientos de miles y miles de Couchsurfers del todo el mundo. ¡Simplemente alucinante!

Decidimos acomodarnos en el salón (por no tener que subir las escaleras con las maletas) sin saber si alguien más aparecería por esta casa “Gran Hermano”… Al rato aparecería un chico irlandés (showman-actor-drag queen), que actuaba por todo el mundo y estaba aprovechando para viajar por todo Japón. Al rato también aparecerían unas chicas que dormirían en el cuarto de arriba. Un ambiente hostel gratuito. 🙂

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Paisajes otoñales de Arashiyama

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Chicas con kimonos

El distrito de Arashiyama

Al día siguiente, empezaríamos explorando las afueras de la ciudad, el distrito de Arashiyama. Tras leernos la valiosa guía prestada por mi amigo Miguel (su selección y comentarios sobre los templos nos ahorraría unos cuantos yenes) estuvimos sobre todo paseando por la zona y observando aquellos maravillosos paisajes otoñales y los japonesitos cachas que pasean a los guiris en rickshaw.

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Bosque de bambús en Arashiyama

Si nuestros tres primeros días en Tokio habían sido muy locos, ahora parecía que estábamos en otro Japón: aquel lugar estaba lleno de paz y era de lo más bucólico. Además, mucha gente iba allí vestida con preciosos kimonos. Tras recorrer el famoso paseo de bambús, decidimos dejarnos llevar por esa naturaleza embriagadora (hasta el punto de acabar en la huerta de unos señores XD). Daba la sensación de estar en un mundo mágico, en una peli de dibujos animados de Ghibli. Recorrimos toda la calle Saga-Toriimoto – con casitas tradicionales de madera pertenecientes a la época Meji (1868-1912) – y, dejándonos guiar otra vez por mi insensato instinto de viajera nos pusimos a buscar un templo del que me había dado un tríptico y me había llamado la atención: Otagi Nenbutsuji. A pesar de ser un templo reciente, las miles de estatuas-duendecillas nos dejaron alucinados. 🙂

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Perdidos en Arashiyama

Visita al Palacio Imperial de Kioto y al Museo Internacional del Cómic

A la mañana siguiente el tiempo no acompañó. Empezamos el día visitando el Palacio Imperial de Kioto y, después de pegarnos un buen homenaje en una cadena de comida rápida japonesa (tempuras variadas, noodles al gusto), decidimos pasar aquella lluviosa tarde en el Museo Internacional del Cómic  (Ojo que en japonés la palabra Manga se refiere a todo tipo de viñetas). El museo me pareció muy interesante: para los japoneses, los cómicos son realmente algo importante en su cultura, todo un arte. Aparte de la exposición de las diferentes fases en la elaboración de un cómic y una breve historia del mismo también había talleres para niños e incluso dibujantes trabajando en directo.

Competición de Yosakoi

Al salir, mi instinto viajero volvió a dar la voz de alarma (Adri ya estaba feliz después de tantos aciertos). Esta vez vi una pandilla de chavales con trajes peculiares así que me pareció buena idea seguirlos, jajaja. Lo cierto es que acabamos en un centro comercial en una competición de Yosakoi (¡Gracias @Flapy!) con varias escuelas que bailaban y cantaban. Aquello nos dejó totalmente hipnotizados. Los uniformes era a cuál más bonito y original. Aunque no entendíamos nada, la energía y alegría que nos transmitían nos hizo perder la noción del tiempo…

Aquella noche, tras volver a perdernos (próximamente en Tomas Falsas V), volveríamos exhaustos a nuestro campamento base. Esta vez en la casa nos encontraríamos con una chica francesa y otra de Barcelona, ambas dando la vuelta al mundo. Tras cenar y charlar un buen rato con ellas, nos íbamos a la cama. Kioto tendría mucho más que ofrecernos… 🙂

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Los bonitos colores del otoño

Visita al Pabellón Dorado

Los dos días siguientes en Kioto pasaron volando. Me cuesta muchísimo recordar todo lo que llegamos a hacer pero lo cierto es que, tal y como me esperaba, la ciudad me enamoró.
Nuestro apartamento Airbnb estaba pegando al Pabellón Dorado (Kinkaku-ji en japonés). La visita a este lugar, por su extrema belleza, no defrauda. Te deja totalmente hipnotizado nada más entrar y personalmente me puso los pelos de punta. Sin embargo, tan pronto pasado el efecto sorpresa me llamó la atención que en el parque que lo rodea ya no hubiese nada más para visitar y que tampoco se podía acceder al interior de este pequeño templo.
A continuación nos iríamos a visitar el Nijo Castle del que destacan las exquisitas y elegantes pinturas de la escuela Kano e impresionantes jardines. Ya sólo nos quedaría un día más en la ciudad así que por la tarde aprovechábamos para irnos de compras y hacer nuestro aprovisionamiento de kimonos (grandes consejos los de Laura en Japonismo.com. ¡Viva las tiendas de segunda mano!).

El barrio de Gion y de Pontocho

Al caer la tarde decidimos recorrer el famoso barrio de Gion pero por desgracia ni una sola maiko ni geisha durante este viaje. 🙁 Este tan famoso barrio me decepcionó un poco ya que lo vi demasiado “nuevo” y reformado. En cambio a unos pasos de allí, el barrio de Pontocho con sus casitas de madera y callejones oscuros me parecieron mucho más auténtico.

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El barrio de Pontocho y sus callejones oscuros que nos encantan, jeje

Visita a Fushini Inari-Taisha y al Templo Sanjusangaen do

Nuestro último día, nos llevaríamos unas cuántas sorpresas más. Habíamos dejado dos visitas para el final sin demasiadas pretensiones. La primera sería el santuario de Fushini Inari-Taisha. Teníamos ganas de ver esos cientos de toriis alineados, una imagen tan famosa de Japón como los bosques de bambús de Arashiyama o el tori de Miyajima. Sin embargo, nos encontramos anonadados con todo este parque y es que ¡¡¡son 3 millones de toriis los que hay!!!. Al principio no dejas de sacar fotos y todo te parece muy bonito pero llegado un momento ya no los soporta más, jajaja. Además lo que no te cuentan es que una vez que entras, ¡todo es cuesta arriba! Tras casi dos horas de caminata llegamos al primer mirador del parque donde decidimos darnos un respiro y disfrutar de las vistas de Kioto.

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La alegría de ver tu primer Torii cuando llegas a Fushimi Inari

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Cara de “Quiero morirme” después de 1 hora de escaleritas y Toriis en Fushimi Inari

Por desgracia, tuvimos que dejar ahí nuestra azaña ya que nos faltaría otro tanto para llegar a la cumbre y aún nos quedaba una parada más.
Según la Lonely Planet – comentada por mi amigo Miguel – uno de los templos imprescindibles de visitar era el Templo Sanjusangaen do y ¡menos mal que le hicimos caso! Este templo alberga nada más y nada menos que 1000 estatuas dioses Kannon. Una grata sorpresa desde luego ya que no sabíamos con lo que íbamos a encontrarnos allí. Al salir cogimos un omikuji y allí lo dejamos atado como hacía la gente de nuestro alrededor.

Nos despedíamos de Kioto con muy buen sabor de boca y volveríamos finalmente a pasar unos últimos días a Tokio…

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Evidentemente todo se ha cumplido: mi alma gemela está tardando XD

2 Respuestas

  1. María Viaxadoiro

    ¡Qué pasada lo de la casa! Viendo las casas y anfitriones que consigues estoy empezando a plantearme yo también lo del couchsurfing… Un abrazo, guapa!

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    • El Viaje de Mi Vida

      Pues sí, mirándolo bien Couchsurfing es realmente una maravilla. Y lo de la casa eso sí que fue una auténtica pasada. Al parecer existen 7 “Couchsurfing house” así en todo el planeta. Había un bote evidentemente para financiar los gastos de luz, agua y ayudar a Shoji… ¡y es que no le faltaba absolutamente de nada a la casita japonesa! 🙂

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