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Malasia, ahí dónde he empezado mi viaje de 120 días

¿Qué es y cómo se pide una excedencia voluntaria para viajar?

Una excedencia voluntaria es decidir que vas a dejar tu trabajo de motu propio (por lo tanto no cobrarás tu salario y estarás de baja en la seguridad social) pero que quieres dejar la puerta abierta para una posterior reincorporación.
Por lo tanto, tu empresa y tú tenéis que poneros de acuerdo: tienen que aprobártela y luego tendréis que definir la duración de tu ausencia (que puede ser de cuatro meses hasta cinco años). Sólo puedes pedirla de llevar al menos cuatro años trabajados en tu empresa.

En mi caso, primero me sinceré con mi jefe y le pregunté si le parecía bien que me cogiese una excedencia voluntaria para viajar debido al bajo nivel de trabajo en la oficina debido a factores externos. Luego le presenté la carta de petición de excedencia (puedes encontrar varios modelos en Internet) para que ambos firmáramos que estábamos de acuerdo. La gestoría de la empresa se encargó del resto de los trámites que fueron calcular el finiquito que se te debe como empleado (por si no regresas) y darme de baja en la seguridad social. He sido informada que tendré que volver a contactar a mi jefe con un mes de antelación para solicitar mi reingreso.

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Una tienda cualquiera, un día cualquiera

¿Qué supone la excedencia voluntaria para viajar a nivel psicológico?

Lo cierto es que, en un primer momento, como no fue algo premeditado, todo esto me daba un cierto vértigo. Aún así, hasta que no das el paso, no sabes muy bien qué vas a sentir tras un salto al vacío como este.
En un primer momento lo que más emociona es que tienes tiempo para disfrutar del viaje. Puedes saborear cada momento o quedarte en un sitio el tiempo que quieras. Viajar y vivir sin prisas es algo a los que pocos estamos acostumbrados y eso asusta.

La realidad es que los viajes largos son más agotadores de lo que la gente puede pensar, tanto psicológica como físicamente. Primero, porque lo bueno y lo malo de tener tiempo es que puedes pensar, cosa que con la rutina diaria no puedes hacer. Segundo, porque tu viaje se convierte en tu vida. Tienes que adaptarte a nuevas situaciones, nuevas rutinas diarias con más asiduidad: reorganizar constantemente tu “armario”, pensar en el peso que llevas encima, en si lo llevas todo… ¡y esa inquietud-inestabilidad cansa! Apenas llevo ahora 5 días de viaje y tengo la sensación de llevar un mes porque el tiempo ya no pasa por mí sino que yo soy su dueña y lo puedo disponer a mi antojo así que los días se estiran muchísimo. Es una situación extraña. Veremos que siento dentro de un mes, jejeje.

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Mi maldita maleta a la que amo

La maldita maleta

Sí, es cierto. No me considero la típica mochilera. No necesito grandes lujos pero me gusta gastar si creo que la cosa lo merece. No estoy dispuesta a pasar penurias por ahorrar unos céntimos porque, gracias a “Dios”, los tengo ahorrados. Sin embargo, lo que sí me diferencia definitivamente de los mochileros es que no soporto cargar con todo mi equipaje a la espalda. Me gusta tener mis cosas repartidas. A pesar de que todo el mundo se sorprende cuando me ven aparecer con mi maletita rosa (y varios bultos pequeños), estoy convencida con mi sistema. Me permite seguir teniendo todo bajo control, ordenado y organizado.

Mi maldita, y por desgracia ahora mismo demasiado pesada maleta (de 11 kilos)… Sé que me iré desprendiendo de cosas, soltaré lastres… pero las costumbres y los recuerdos son duros de dejar atrás así que me lo tomo con calma. Esa maleta representa este viaje en el que no quiero un atracón de países, una serie de sellos en el pasaporte. No quiero ropa sucia acumulada y apilada de cualquier forma. Mi maleta tiene los pies en la tierra, se ajusta a unas medidas y exige orden. Porque este viaje no es una locura de juventud sino una profunda búsqueda en el camino que todos deberíamos hacer una vez en nuestra vida.

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