El Jardín Secreto de Cotopaxi

Es curioso volver a ver estas fotos del Parque Nacional de Cotopaxi un año después.Tras tres noches en Quito y visitar Otávalo, el plan era seguir viajando hacia el Sur, hacia Guayaquil para luego visitar las Islas Galápagos. Tras darle muchas vueltas, decidía acortar mi recorrido por Ecuador Metropolitano para visitar estas islas mágicas. Antes de abandonar la capital a Jessica, Deonza y a mí nos recomendaron visitar Cotopaxi y, aunque nunca había oído hablar del lugar (ni viene en el libro de los 1000 sitios que ver antes de morir), ahora que había recibido la noticia de que había perdido mi trabajo, no había prisa…
Tras una hora por carretera y otra más por caminos tortuosos, al fin llegábamos a este pequeño oasis. Allí estábamos unos 30 mochileros durmiendo en un hostel medio de la nada, en plena zona protegida con su volcán justo frente a nosotros.

Empieza a sonar…

Pausa

Los que me conocen saben que es muy raro que pueda estar quieta, sin embargo, nada más llegar, quise detener el tiempo y decidí no hacer nada. Necesitaba parar, respirar, reflexionar… El tiempo estaba igual de nublado que mi mente. El paisaje me parecía de lo más sobrecogedor y el silencio de aquel lugar me envolvió como si de una capa de invisibilidad se tratase. Me parecía reconfortante. Lo único que me apetecía era tirarme en las hamacas exteriores, en la cama de cuerdas o simplemente meterme en el jacuzzi. Sólo deseaba dejar mi mente en blanco observando aquellas espectaculares panorámicas.
Aunque el hostel fuese sencillo, a mí me parecía puro lujo. Los tres meses anteriores, que había vivido de forma desenfrenada, parecían haber empezado a hacer huella en mí. Sólo quería pausarlo todo.

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El campamento de verano

El comedor era una cabañita de madera. Allí nos reuniríamos por la noche para cenar rico: comida casera con productos locales junto a la chimenea. Al día siguiente, se podía escoger entre varias actividades por la zona: caminar por el parque hasta unas cascadas cercanas, montar a caballo o hacer trekking. Viendo los nubarrones… ¡Decidiría mañana!
Aquella noche no dormiríamos mucho ya que, como en todo hostel que se precie, había mucho cachondeo al apagarse las luces. De hecho, entre charlas y risas acabaríamos todos en el mismo cuarto hasta la mañana siguiente.

La angustiosa libertad

Se hizo de día y todos se marcharon. Allí me quedé sola. ¡Oh, sacrilegio! ¿¡Desperdiciar una visita, no ver un lugar al que quizás no regresaría nunca!? No sé qué me perdí pero me pareció mejor idea quedarme allí tomando un té caliente mientras seguía lloviendo y una misteriosa niebla seguía rodeando el volcán. Cogí mi portátil y me puse a escribir.
En aquel momento, me di cuenta que intentar distraerme durante aquellas últimas semanas con otras simplezas tal vez no había sido buena idea. Mi cabeza estaba hecha un lío. Tenía que enfrentarme nuevamente a mis miedos más íntimos: soledad e inestabilidad. Había decidido cumplir mi sueño, cogido una excedencia, hecho mi maleta sin mirar atrás… siempre con serenidad, con la cabeza bien amueblada, todo en su sitio. El plan trazado era perfecto. Tras mi viaje, mi vida volvería a seguir dónde la había dejado. O eso al menos creía. Pero ahora, sin empleo ¿Qué me obligaba a volver? Podía seguir viajando, podía regresar y retomar el viaje más tarde… ¿Debería empezar a buscar ya un nuevo trabajo? ¿Dónde? ¿Cómo saldría de esta si llevaba 8 años con el mismo empleo? ¿Qué posibilidades tenía de volver a encontrar un puesto como ese? ¿Qué ocurriría tras volver de Galápagos, lo último planeado en mi lista? ¿Qué ocurriría al llegar a Perú? ¿Debía quedarme en Perú? ¿Debía seguir con el plan inicial del viaje? Mi cabeza no podía parar y cuanto más intentaba relajarme, peor era. Me sentía sin fuerzas, sin ganas de nada. El abanico de posibilidades que se presentaba ante mí me angustiaba. El exceso de libertad me estaba verdaderamente agobiando. Me sentía tan desamparada…secret-garden-cotopaxi

El volcán

Cuanto más miraba por la ventana, más gris estaba el día. Cayó un chaparrón y pensé en mis compañeros que habían salido a pasear a pie y a caballo por el parque. Haberme quedado allí parecía no haber sido tan mala idea, aunque también había llegado la tormenta a mi mente. Por mucho que quisiese controlarlo todo, la lección que estaba recibiendo era magistral. No podía ignorar ciertos obstáculos impredecibles. Necesitaba simplemente asimilar lo que había ocurrido y empezar a lidiar con ello de alguna forma.
De repente, el tiempo se despejó y , como si de un milagro se tratase, mientras levantaba la cabeza de la pantalla, las nubes se apartaron durante una fracción de segundos. Pude entonces ver la rojiza y brillante cumbre del volcán Cotopaxi, que con los rayos de sol parecía un enorme rubí. Anodada con el espectáculo, pensé entonces que era una señal para recordarme que, al final, siempre sale el sol. Ver el volcán fue como una especie de reflejo de mí misma. Siempre contenida pero en peligro inminente de erupción. Intentando contener todas mis emociones, estaba carcomiéndome por dentro. Me prometí a mí misma seguir aguantando (sin respirar) otro poco más y esforzarme por disfrutar de la semana que me quedaba por Ecuador.

Seguro que cuando llegase a Lima, con calma, se presentaría ante mí una posible solución y todo se vería más claro…

Los demás llegaron y el volcán se ocultó.

 

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Dedicado a todos aquellos que pasan por estos momentos de vértigo e incertidumbre.

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