Callejeando por El Cairo de noche

A continuación pasaría tres días en El Cairo pero el primero apenas daría para nada. Llegaría a la capital a media tarde, me instalaba en mi preciosa habitación de hotel, me pegaba una ducha… ¡y recibía una llamada de Hossam! Al día siguiente tenía que trabajar pero no pasaba nada porque yo también estaría ocupada con mis visitas. Esa misma noche quedaríamos para que me enseñase la ciudad… y yo doblemente encantada de poder descubrirla con él.

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Pobreza en las calles de El Cairo

La experiencia fue inolvidable. El Cairo de noche es realmente increíble y me lo hubiese perdido ya que no me hubiese atrevido a salir sola a horas intempestivas. Las tiendas no cierran y hay un ambiente sin igual por las calles. Cada calle tenía asignado un tipo de negocios: una calle entera de talleres de coche, otra de tiendas de ropa, otra de locales de comida… El tráfico, tal y como había leído en mi guía, era un infierno pero, al menos, me sentía protegida cuando Hossam me cogía de la mano para cruzar como si fuese una niña pequeña, jajaja.

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Coches en el Cairo

Fuimos a cenar “fast food” egipcia y probé un riquísimo Koshari que jamás podré olvidar. El paseo acabó en uno de los puentes de la ciudad, tomando un riquísimo té en un puesto callejero que tenía unas sillas de plástico a modo de terraza improvisada. Me quedaba alucinada con lo mucho que aquella romántica panorámica me recordaba a París. Lo que sí me dejó fuertemente impactada fue ver el edificio del antiguo gobierno de Mubarak totalmente calcinado. Durante mis primeros días en Egipto había vivido en una burbuja, había estado aislada de la realidad. En la capital ahora descubría y aprendía más sobre el momento histórico que estaba atravesando el país.

El tiempo se detuvo. No recuerdo las horas que estuvimos allí simplemente hablando. “Ahora que sabes más de Egipto, ¿te gustaría quedarte a vivir aquí”, me preguntó Hossam. “Yo siempre he vivido libre, admiro tu país pero no podría adaptarme a tu cultura”, le contesté.

Momentazo I <3 Piramides (Foto: skandal00)

Momentazo I <3 Piramides

El momento más esperado: ¡ver las pirámides de Egipto!

A la mañana siguiente, aunque estaba terriblemente cansada por acostarme tarde, me desperté animadísima. Siempre había dicho que no quería morirme sin ver las pirámides de Egipto. ¡Por fin había llegado el momento! Mientras nos acercábamos a ellas en coche, me dio la risa tonta. Al fin las estaba viendo, ya estaba ahí. Tras verlas tantas veces en la tele, ahora las tenía a escasos metros. Su tamaño y la ubicación es realmente impresionante. Mi nuevo guía, Willy, no dejaba de hablar por los codos dándome cifras y más cifras sobre las dimensiones de las pirámides, yo simplemente buscaba disfrutar del momento y de nuevo, ¡de la gran suerte de poder estar allí prácticamente sola!

Reflexiones sobre el Cairo y los cairotas

Tras una breve visita por una fábrica de papiros, esa tarde decidí ir al Museo Egipcio. Acabé hasta las narices del Willy de marras. La gran parte de la información que me estaba dando ya me la había dado Hossam (que me explicaría más tarde que se explayaba en sus explicaciones durante nuestras visitas para quedarse más tiempo a solas conmigo XD). Nada más llegar al hotel, llamé a mi guía preferido.Tenía ganas de seguir viendo el verdadero Cairo. Aquella tarde, nos fuimos de terrazas. Me encantó poder observar más detenidamente a los cairotas y sus costumbres pero también me dolió ver su pobreza. Una pobreza a la que se veía que la gente no estaba acostumbrada. Se notaba realmente que el país había tocado fondo y se entendía perfectamente porque el pueblo se había levantado y tenía todas sus esperanzas puestas en las próximas elecciones. Al ser una capital tan enorme (unos 17 millones de habitantes), también pude  apreciar una gran mezcla de culturas. Incluso me quedé muy sorprendida cuando Hossam me presentó a uno de sus amigos, un chico rubio de ojos azules, que jamás pudiese parecer egipcio. “Algunos descendemos de los faraones pero otros somos nietos de Alejandro Magno”, me dijeron los dos entre risas.

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¡Al fin las Pirámides!

Hossam, queriendo sumar más y más puntos conmigo, me llevo a una increíble terraza-mirador para ver el atardecer. A pesar de tener la sensación de que estaba en un país relativamente abierto y tolerante, pronto observé grandes contradicciones. Los extranjeros éramos respetados y bien aceptados pero que un chico árabe estuviese con una chica blanca no estaba bien visto. Aunque él ya no era mi guía, tampoco podíamos actuar con naturalidad en público como lo haría cualquier pareja en occidente. Todo debía ser a escondidas y muy pronto tendría la sensación de volver a mi época adolescente. Me sentía como una cutre protagonista de la “Pasión turca” versión Apto para todo público…

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