El Karma y yo – Capítulo I

La India siempre ha sido un país que me llamó mucho la atención. En el pasado me había apuntado a un viaje organizado pero a última hora todo se había cancelado. Hoy en día, creo que fue tema del karma. Dos años más tarde, después de haber viajado varias veces sola, me sentía más preparada que nunca para vivir una experiencia de este tipo.

Apareció entonces, de casualidad, una oferta por Internet de Lufthansa: Madrid-Frankfurt-Nueva Delhi por 390 euros. Mi corazón iba a mil. Me puse a comprar el billete nerviosísima, llegué a poner roja y todo… Miré para mi compañera de trabajo y le dije aún temblando: “¡Me acabo de comprar un billete para la India!

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Flores de bienvenida

Apenas recuerdo el vuelo Santiago-Madrid ni el Madrid-Frankfurt. Las 10 horas y media del Frankfurt-Nueva Delhi ni las vi pasar. Creo que aún estaba intentando asimilar lo que estaba pasando. En el avión mi compañera de viaje sería una chica iraní que me recordó muchísimo a la prota de Persépolis. Entablamos conversación (viajábamos las dos solas) y me preguntó si era mi primera vez. Le contesté que sí. Me sonrío y me dijo “¡Que sepas que a partir de ahora, la India no dejará de llamarte! Esta es mi sexta vez.” Estaba casada con un alemán y se alojaría en un ashram cerca de Fatehpur Sikri y a pesar de ser iraní, estaba totalmente enamorada de la India. De hecho, me llamó la atención que vistiese sari. A la llegada al aeropuerto vino a despedirse de mí sonriendo y me dijo “¿Hueles? ¡Huele a India!”. En el momento no lo entendí pero minutos después después entendería el concepto.

Nada más recoger mi equipaje, allí estaba ya Arjun  (www.mumalindiatravel.com), dueño de la agencia local de coches con conductor que decidí contratar. Sólo tenía 10 días de vacaciones por lo que resultó la forma más fácil de moverme por el país. Arjun me recibió con una gran sonrisa y nada más llegar al coche me puso una bonita corona de flores al cuello. Al salir a la calle, el olor a India – mezcla de calor, humedad, arena, especias y flores, llegó a mí. Estaba en Nueva Delhi.

Bajo shock

Apenas arrancamos, me quedé hipnotizada, no podía parpadear. Nueva Delhi parecía enorme. Se parecía a cualquier capital del mundo excepto por los viejos vehículos y la gente. Me dejaron en mi bonito hotel para descansar y aún bajo shock, no dejaba de pensar ¡Oh, dios mío! ¡Qué he hecho! ¿Qué estoy haciendo aquí?

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Desfiles durante el Dussehra en Nueva Delhi

A la mañana siguiente, ya más despierta, me quedé pensando para qué servían el cubo, la jarra y el pequeño taburete de mi cuarto de baño y observaba desde el balcón el barullo infernal de la calle. Empecé a ver un sinfín de gente desfilando en trajes militares y un tráfico de locura. Sí…efectivamente… ¡estaba en la India!

Bajé a desayunar. Arjun me obligó a llamar inmediatamente a casa porque mi familia con los nervios no se había percatado de las 5 horas y media de diferencia horaria y lo habían llamado a horas intempestivas.

Arjun me dio la noticia (ya obvia) de que aquel 6 de octubre era festivo. Me avisó de que muchos de los lugares que iba a visitar en Delhi estarían cerrados así que me propuso un plan alternativo: irme a celebrar Dussehra con él y su familia en Jaipur. Evidentemente acepté, encantada, con los ojos cerrados. Nueva Delhi quedaría para otro viaje…

Allá nos fuimos Vickr (el que sería mi chófer durante los días siguientes), Arjun y yo. Dentro del coche me  sentía protegida y es que todo aquello era tan distinto. Me sentía desplazada, un bicho raro, no era capaz de mimetizarme con mi entorno como en otros viajes, además ¡era imposible pasar desapercibida! La primera vez en mi vida que la minoría étnica era yo… Sin embargo, poco a poco, todo aquello me fue atrapando: el caos de las calles, el eterno polvillo marrón que lo rodeado todo, un montón de animales caminando por ahí a sus anchas, los colores llamativos de los saris, las camisas blanquísimas y planchadísimas de los hombres, sus grandes sonrisas de oreja a oreja, su forma de mirarte a los ojos… Esas cinco horas de coche me vinieron de maravilla para seguir asimilando todo lo que me rodeaba.

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Haveli en Jaipur

Inserción cultural a tope en Jaipur

Arjun me dejó en un hotel aún más maravilloso que el anterior (y eso que le pedí contratar hoteles sencillos). Me hospedaron en una maravillosa antigua casa colonial, un haveli muy acogedor, en la que me empecé a sentir como una princesa.

Arjun me avisó que descansará y que me vendría a buscar a la noche para los festejos. No fui capaz. Aunque seguía con algo insegura, tenía unas ganas locas de salir y explorar más. Al final, me pegué una ducha y me puse a observar por la ventana el tráfico y los niños, pasándoselo pipa, jugando por las calles. A la hora prevista, mi amable anfitrión vino a recogerme con una sorpresa: ¡iríamos a su casa en moto! Ya os podéis imaginar que aventura. Le había comentado que solía hacerlo por mi ciudad pero esquivar peatones, bicicletas, rickshaws, coches, animales varios, circular por las calles sin asfaltar, llenas de baches… No es lo mismo andar en moto por la India que por Europa, ¡Os lo puedo asegurar!

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Dioses a los que le recé

Como os podréis imaginar visitar la casa de Arjun también fue toda una experiencia. Muy orgulloso, me contaba que el edificio de dos plantas lo había construido con su primo que vivía en la planta baja. Él vivía con sus tres hijos y su mujer en la primera planta pero ambas familias podían comunicarse por una reja que había en el suelo del pasillo, jajaja. Me recibieron a lo grande en su modesta casa. Pase a la cocina a saludar y a observar cómo su mujer cocinaba. Estaba encantada de poder ver cómo los preparaba todo, amasaba la masa y preparaba unos naans para nosotros. Los niños me miraban sonrientes y alegres. Arjun y yo cenamos solos. Los demás cenarían luego y es que My guest is my god” (Mi huésped es mi Dios) no dejaba de repetirme Arjun a la mínima de cambio.

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Golosinas

Viviendo mi primer Dussehra a tope

Después de la maravillosa cena, tras felicitar mil y una veces a la cocinera, nos fuimos en coche con unos 10 niños (se unían a nosotros primos e hijos de vecinos) para ir a ver los festejos. Los niños me rodearon y empezaron a llevarme de un lado a otro contentísimos por enseñármelo todo y poder presumir de mí. Todos no dejaban de sacarme fotos. Era la única “guiri” de la fiesta. Primero, me llevaron a unos templos hinduistas y fueron enseñándome los rituales. Yo básicamente les iba imitando. Unos granitos de arroz a uno, unos pétalos de flores a otro y…beberse un traguito de agua delante de otro (sin pensar en las consecuencias por miedo a parecer irrespetuosa XD).

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Golosinas

Como en toda buena verbena que se precie, había numerosos puestos callejeros, así que los niños y yo nos fuimos a por “golosinas” y una vez más la curiosidad mató al gato y sin pensarlo me arriesgué a probarlo todo – cruzando los dedos para que el protector gástrico me protegiese de todos los males. A continuación, me llevaron a una enorme explanada dónde se encontraba la “típica” orquesta de barrio y unas enormes estatuas de cartón piedra (que parecían hechos por los niños de “Art Attacks”) que representaba al Dios Rama. Me explicaron que a las 12 las quemarían (como las fallas valencianas, vamos, jejeje).

La “única atracción de feria” que había era un coche que giraba en círculos sobre unos raíles alrededor de un pivote pero parecía lo no va más para todos aquellos niños que animaban y aplaudían a todo aquel que se subía.

Ardieron todos los dioses Rama y todo se volvió igual de mágico como durante una noche de San Juan en Galicia. Mi primer día y mi primera noche fueron de inserción cultural a tope, con emociones y sentimientos varios a flor de piel. Ahora sí que empezaba a creérmelo. Estaba en India y sabía que nunca olvidaría aquel viaje.

[plain]Este post NO ha sido patrocinado. Los enlaces o las menciones a marcas que incluyo en este texto han sido introducidos porque creo que pueden tener interés para el lector. TODAS las opiniones y experiencias recogidas en mi blog son REALES y ÚNICAMENTE mías. [/plain]

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2 Respuestas

    • @skandal00

      Ahora que casi ha pasado un año puedo decir que la chica iraní tenía razón. Me entran cada vez más ganas de volver. Es realmente un país fascinante. No sé si fue el protector gástrico, mi estómago ultraresistente o mi buena estrella pero no me puse mala, jajaja.

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